Me sorprende, ahora que conozco la historia completa, al repensar El diablo viste de Prada (2006, dir. D. Frankel), la actitud de Nigel, encarnado por Stanley Tucci. El segundo de a bordo de Runway, la icónica revista de moda que nos muestra la ficción, vive con una sonrisa: cuando recibe a Andy (Anne Hathaway), sonríe; cuando Miranda (Meryl Streep) grita o corre, la sigue y sigue sonriendo; cuando pierde el ascenso más evidente, continúa con esa actitud. Y es Andy, en el primer pase, quien le intenta sonsacar un día: ¿por qué sigues aquí?, viene a preguntarle, pero realmente parece decir que por qué sigue así —con esa sonrisa—. Y él le responde con su ironía habitual, esa que nos lleva a todos a querer tanto al personaje, y le suelta esa frase que ya ha pasado a la historia para los fans: ¿tienes problemas?, avísame cuando tu vida personal esté destrozada, más o menos.

El actor Stanley Tucci, en una imagen tomada de Google.
Al ver en el cine la segunda parte (El diablo viste de Prada 2; 2026, dir. D. Frankel), Nigel aparece con veinte años por encima pero mantiene la misma generosidad con sus compañeros, la misma alegría por su trabajo que cuando lo dejamos aquella vez. Y uno se pregunta inevitablemente cuál es la aspiración de este personaje. Y es que al guardián de Runway es al único al que le gusta y le interesa realmente lo que hace. Mientras que a Miranda parece importarle solo marcar por dónde va la tendencia; a Andy, escribir y dejar huella social; a Emily (Charlton, interpretada por Blunt), conseguir ser quien cree que merece ser; a los redactores, poder decir que lograron eltrabajoporelquetantagentemataría; y así con el resto, a Nigel le importan tres cosas: su tranquilidad, su felicidad y la moda. Esa es la clave: a la única persona a quien le interesa la moda es al hombre tranquilo y bueno que todos apreciamos.
Alegría en el cine al ver que —aunque no lo buscó— le permitieron al secundario por excelencia dar el discurso que había escrito y que ni se imaginó que pronunciaría. No me quedo con Miranda cuando le viene a decir que no se ha dado cuenta de nada, que nunca lo ha valorado; tampoco con Andy, que no le presta casi nunca atención. Me quedo con él, con la única persona que piensa en la base de su trabajo, y que lleva años elaborando con cuidado cada reportaje y dando su mejor versión, con equilibrio, con humor. Él es para muchos, desde la semana pasada, el protagonista de esta historia. Sobra decir que, solo por eso, vale la pena esta secuela. Viva Nigel y los guionistas que le han dado su sitio: sin él, no habría película, literalmente (guiño, y me evito este spoiler por si alguien estaba leyendo esta crítica sin haberla visto todavía).
Redactor jefe de Andén.