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Volver a nuestros autores de referencia se convierte en una acción obligatoria en un mundo sin referentes. Tal vez podríamos pensar que decir que estamos ante un mundo en el que impera el relativismo moral es un exceso verbal propio de un boomer; no digo yo que no lo sea, pero algo de verdad hay en muchas de las afirmaciones rotundas que afloran desde nuestro pensamiento. Concedo, y no es un acto de generosidad, que la gente, entendida como conglomerado sin alma, se refiere a los otros e incluso a sí misma a través de ese suflé cutre que son las redes sociales: reflejan ya no solo lo que un día fue el alma; también ofrecen sus cuerpos construidos en la modernidad de la ilusión de una belleza impuesta, o de un ser en el espacio ficcional de la IA.
No puedo sucumbir a la tentación de volver a los autores que conozco, como si fueran un refugio, más aún si lo que se nos propone es coloquiar
No somos como fuimos, ni somos como seremos; por supuesto, todavía nos queda un largo recorrido en la cochambre de los espacios compartidos. En este contexto no puedo, sin embargo, sucumbir a la tentación de volver a los autores que conozco, como si fueran un refugio, más aún si lo que se nos propone es coloquiar, hablar, razonar, escuchar y diferir el placer de ser.
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Primer columnista de Andén. Escritor, crítico literario, profesor de Lengua y Literatura españolas, de Sociología y Ciencias políticas. Enamorado de la lectura.