
Maruja Torres, en un retrato de Clara Salinas.
Me la imagino llegando a la redacción sentándose encima de la mesa de sus compañeros para contar su fin de semana. La veo dejando sus cosas en la esquina de alguna mesa, con naturalidad. Me la figuro paseando por la sala, entrando en el despacho de algún jefe para narrarle el reportaje que tenía entre manos o anunciar el viaje que estaba a punto de comenzar. La intuyo comentando algún chisme y, de repente, su risa sonando por las paredes del edificio de Miguel Yuste. Alguien, más tarde, al lado de la mesa mientras come con dos amigos y de repente la escucha decir que ya tiene el tema para mañana. Volviendo a su casa, alquila una película para esa noche. Al llegar, saluda a su perrito y se pone a teclear el texto y, en el proceso, se fuma un cigarro. Cuatro o cinco comprobaciones. Esta coma, fuera. Pone el título y la envía.
No me cuesta, en otra ciudad, ponerle cara a esa lectora (o lector) que se levanta, miércoles, 15 de febrero de 1995, y su pareja le insiste en que lleve pronto el coche al taller porque luego empieza a llegar la gente y a la una no has salido de donde Félix. Y esa persona bajando antes a por el pan y yendo a por un ejemplar al kiosco. Paga, le da la vuelta al diario y se va directo a la columna de la contraportada. «América», firmada por ella. Por la mujer que nunca perteneció al establishment del periódico, que simplemente quiso hacer buenos reportajes y escribirlos para el sitio que valía la pena, pero se convirtió en el icono del diario durante treinta años.
Es el medio que leo todos los días y en cuyo festival he estado este fin de semana para celebrar su aniversario. Me gusta su tono, sus reporteros, sus columnistas, pero sobre todo lo leo porque creo que ese sitio de algún modo sigue siendo el lugar que ella también contribuyó a construir, que El País sigue guardando en el ADN que fue el sitio en el que escribió Maruja Torres.
Redactor jefe de Andén.
Muy emotivo, inteligente y bien estructurado. Me gusta la viñeta