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El colonialismo fue, entre otras cosas menos confesables, una manera de crecer con recursos ajenos, una forma solemne de llamar civilización al expolio y destino histórico a lo que muchas veces no era más que codicia bien armada. Es una realidad que, con distintas máscaras, se ha repetido a lo largo de la historia: conquista, ocupación, tutela, protectorado, deuda, multinacional, influencia geopolítica o simple compra de voluntades. Sus modalidades son múltiples, pero la huella permanece en los mapas de Europa, de África y de América, en esas fronteras trazadas con regla, sangre y despacho. En el siglo XX, paradójicamente la era del poscolonialismo y de la autodeterminación, siguieron existiendo formas de ocupación menos visibles, pero igual de eficaces, sostenidas casi siempre por intereses económicos. América del Sur y el Caribe saben bien de qué hablo. El destino manifiesto fue una losa sobre el crecimiento político de buena parte del continente, pero también una política expansiva destinada a controlar lo político para controlar lo material.
El colonialismo fue, entre otras cosas menos confesables, una manera de crecer con recursos ajenos, una forma solemne de llamar civilización al expolio y destino histórico a lo que muchas veces no era más que codicia bien armada
No solo Estados Unidos ha mirado hacia esa región con apetito; otras potencias lo han hecho y lo hacen mediante la compra de recursos, la influencia diplomática, la financiación indirecta o la penetración económica. Alimentar narcoestados, tiranías, democracias de fachada y sistemas iliberales no es nuevo, pero conviene no envolverlo después en el celofán de la moral. No es casual que exista toda una literatura sobre los excesos políticos, la violencia del poder y la devastación institucional en esa parte del mundo: El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias; El otoño del patriarca, de García Márquez; La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa; Yo el Supremo, de Roa Bastos; o Conversación en La Catedral, por citar solo algunos ejemplos, no nacen de una extravagancia tropical ni de una imaginación hipertrofiada, sino de una realidad histórica donde el poder ha sido demasiadas veces una maquinaria de triturar vidas. Y no, no es casualidad: es el resultado de políticas que impiden el crecimiento, deforman las instituciones y controlan, ya sea mediante gobiernos obedientes, empresas multinacionales o poderes económicos sin rostro, el destino de millones de personas.
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Primer columnista de Andén. Escritor, crítico literario, profesor de Lengua y Literatura españolas, de Sociología y Ciencias políticas. Enamorado de la lectura.