Nueve AM. Tras pasar la noche en un hotel con un muchacho conduzco de vuelta a casa escuchando a Chappell. Suspiro, sonrío. Me siento bien.
Hará alrededor de un año, un lunes, como cualquier otro, fui a mi sesión de terapia con el psicólogo. Y, mientras hablábamos, tomé una decisión. Era el momento de abordar un tema que llevaba mucho tiempo circundando: el sexo.
Como persona overthinker que soy, durante años consideré que mi cuerpo y mi deseo no estaban en sintonía. Me cuestionaba constantemente lo que sentía y cómo lo hacía; solo me validaba en relación a otros y, en general, sentía que el sexo podía llegar a ser algo mejor. Algo en lo que creía por haberlo visto y oído en otros.
La evolución empezó cuando comencé a fijarme en cómo me comportaba cuando salía de fiesta. Y es que leía a los chicos como fotos de Grindr. Para mí, la discoteca se había convertido en una cuadrícula de geolocalización en vivo y en directo. ¡Ay, cuando entendí que había formas de ligar tan mágicas como una mirada, o una sonrisa! Todo cambió: aprendí a explorar mi cuerpo, a valorarlo, a conectar con mi deseo, a validar mis emociones… Y, sobre todo, a sonreír y hablar con alguien cuando me gustaba. Todo mejoró cuando cambié el foco: de una imagen que definía a un hombre pasé a mirar cuerpos complejos, con su voz, sus gestos, sus olores.
En un mundo donde cada vez se enaltece más el valor del físico, yo estaba más desconectado que nunca del mío. Para mí, entendí por fin, la cuadrícula de Grindr es incómoda y ansiosa. Asfixiante.
Por eso, este verano seguiré rompiendo con ella, aunque a veces no resulte nada fácil. Iré a una buena discoteca con terraza. Bailaré. Curiosearé de reojo al chico que me gusta. Le hablaré. Le escucharé, le tocaré, le oleré. Y dejaré que nuestros cuerpos sean solo eso. Cuerpos.
Jefe de Cultura de Andén.