Reportaje | ALFONSO DE VALDÉS: el año en que Rosa Navarro Durán descubrió el autor del «Lazarillo»

El año en que Rosa Navarro Durán descubrió el autor del Lazarillo

ilustrado por CLARA SALINAS

Casi cinco siglos separan dos hechos:

Entre 1530 y comienzos de 1532, Alfonso de Valdés, secretario para cartas latinas del emperador Carlos V, escribe La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, obra fundamental en la historia de la literatura española.

El 30 de julio de 2001, la catedrática de literatura española Rosa Navarro Durán viaja en avión desde Barcelona a Madrid para dar en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) una conferencia unos días más tarde. En sus manos, una edición del Lazarillo —anónima todavía en ese momento— que relee en el aeropuerto, aislada de todo, y la sorpresa al descubrir algo que no había visto en los treinta años de docencia e investigación que ya llevaba a sus espaldas: el final del prólogo y el inicio de la obra no están separados donde corresponde.

Comienza, así, una investigación que sigue hoy vigente y que consiguió restituir la autoría de esta pieza de tanto valor para nuestra literatura. Esta es la historia de cómo una profesora universitaria devolvió a su autor, Alfonso de Valdés, una de nuestras obras más importantes. Así se gestó el año en que Rosa Navarro Durán descubrió el autor del Lazarillo de Tormes.

Edificio histórico de la Universitat de Barcelona, en la Gran Via de les Corts Catalanes.

Los días previos a un descubrimiento son comunes, normales. Se va a la compra como cualquier otro día. Así sucede también en los despachos del edificio histórico de la Universitat de Barcelona, en la Gran Via de les Corts Catalanes, donde la marcha universitaria a finales del mes de julio de un curso escolar suele ser ya más tranquila: han pasado los exámenes, se han cerrado las actas de evaluación y las vacaciones están a la vuelta de la esquina.

El calor se siente parecido al de la playa, es decir, se va imponiendo en el ambiente. En ese momento, los profesores aprovechan para terminar de escribir artículos que han ido postergando durante los meses finales de clase, ordenan sus papeles y se disponen para seguir con algunas tareas más ligeras desde sus casas durante el mes de agosto, cuando la universidad cierra. A la vuelta del verano, todavía dispondrán de los primeros días del mes de septiembre para encarar el inicio del nuevo curso, pues hasta mediados no llegan los estudiantes a las aulas tras el parón estival.

En ese edificio histórico de la Gran Via está ubicada la Facultat de Filologia i Comunicació, que forma —entre otros— a los futuros estudiosos de la literatura, a los futuros profesores de lenguas, traductores. La universidad es un lugar de estudio, de reflexión, de crecimiento. Es, para muchos, la expresión suprema de la cultura y del pensamiento. Lo era, desde luego, para Rosa Navarro Durán (Figueras, 1947) en 2001, cuando ya llevaba en su historial treinta años de carrera universitaria como profesora en la titulación de Filología hispánica y como investigadora en literatura española. Dentro del temario de su asignatura, se abordaban obras como Don Quijote de la Mancha, el emblema de nuestra literatura, autores como Francisco de Quevedo o una pieza muy breve, diferente, anónima hasta ese momento: La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas o adversidades, conocida popularmente como el Lazarillo.

Si preguntamos a la inteligencia artificial “¿De qué va el Lazarillo?” nos responde lo siguiente: “El Lazarillo de Tormes es una novela anónima del siglo XVI que cuenta la vida de Lázaro, un muchacho pobre que va pasando de amo en amo para poder sobrevivir. La obra está escrita como si Lázaro, ya adulto, contara su propia vida en una carta, explicando cómo la necesidad y el hambre le obligaron a aprender a engañar, mentir y ser astuto”.

Eso era, hasta julio de 2001, lo que todas las historias de la literatura señalaban. Era la forma en que se explicaba la obra que, pese a su brevedad (el Lazarillo, visto de perfil, parece un panfleto, un librillo) seguía encerrando muchas incógnitas. Pero, como siempre se había explicado de ese modo, no había mucho interés en indagar en una obra tan estudiada, sobre la que se había escrito tanto. La opción era seguir asumiendo que la obra contaba la historia de un pobre niño que pasa hambre y consigue sacar su vida adelante gracias a su astucia.

«Es difícil que una frase pase a formar parte de la historia de la literatura. Pero, en cuanto ha pasado a formar parte, no hay quien la borre. No se puede cambiar nada»

Hay un dato, sin embargo, que llama especialmente la atención: desde 1559, en que se publica el primer índice de libros prohibidos por la Iglesia, hasta finales del siglo XIX, cuando se publica el último, siempre aparece un título: el Lazarillo. No se puede comprar, leer ni imprimir, salvo si es por la edición publicada tras la censura de Juan López de Velasco. Él fue el encargado de mutilar los pasajes que no debían reproducirse y, solo en ese caso, podría seguir leyéndose la obra. Curioso dato si atendemos a la respuesta de la inteligencia artificial.

¿Por qué estuvo prohibida durante tantos siglos una obra que, según dicen, cuenta simplemente la vida de un pobre niño que intenta no morir de hambre y va pasando por distintos amos? Algo esconde esta obra de incalculable valor. Y, más aún: ¿cómo es posible que no hubiera aparecido el autor del Lazarillo todavía? Muchas preguntas.

~ El aeropuerto

Es el penúltimo día del mes de julio de 2001. La veterana profesora espera su vuelo en el aeropuerto Josep Tarradellas-Barcelona El Prat para dar una conferencia en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) unos días más tarde. En sus manos, una edición del clásico que está releyendo para preparar su discurso: el Lazarillo de Tormes. Sentada en una de esas bancadas de aeropuerto, un lápiz en la mano derecha.

Tiene por delante siete capítulos (tratados, según la lengua de la época) con un joven que intenta subsistir frente a distintos amos y, sobre todo, aspira a sacar su vida adelante: es Lázaro de Tormes, el protagonista. Es el anhelo que nunca pasa de moda: desde la antigüedad siempre hemos querido, sobre todo, ser felices. La catedrática sigue tomando notas para confirmar que su cabeza no ha olvidado de un curso a otro los matices de este librito tan singular.

No ha querido parar en el Starbucks del aeropuerto porque la cena de la noche anterior fue copiosa. El check-in, sin ningún sobresalto. No se activa la alerta antidrogas y se libra del tedioso control. Una vez pasado el trámite, se dirige a la pantalla y observa que su puerta de embarque no figura todavía. Y elige una zona que parece tranquila para sentarse con sus cosas. Saca el volumen para revisarlo: qué gusto encontrarse de nuevo con una creación tan inteligente.

Lo abre por el prólogo y, enseguida, alcanza el inicio del primer tratado. Revuelo repentino en El Prat: por megafonía anuncian tres cambios de puerta y los pasajeros comienzan a correr en busca de su nuevo destino. La profesora se levanta, sobresaltada, a ver si ahora ya aparece su puerta en el listado. Tiene tiempo todavía, vuelve a su asiento y comienza otra vez el prólogo; la confusión le ha asaltado tras los vaivenes del aeropuerto. Alcanza, una vez más, el inicio del tratado primero: “Pues sepa Vuestra Merced…”.

—Perdone, ¿sabe dónde hay un baño? –pregunta la mujer sentada enfrente.

—Sí, detrás de la cafetería tiene unos.

No consigue concentrarse, cuánta confusión en un momento, con lo agradable que estaba siendo la mañana. Y vuelve, esta vez sí, a empezar, pero por la mitad del prólogo. Y otra vez el principio de la obra. Pero sigue confusa: hoy parece que no es el día. Otro aviso por megafonía que anuncia ahora la última llamada del vuelo con destino Amberes. Qué ironía, piensa la mujer que, sentada en un aeropuerto una mañana de verano, acaba de ver algo que llama su atención por completo.

Lo que ha visto es que el Lazarillo no comienza por donde señala el ejemplar que tiene en sus manos. El último párrafo del prólogo dice: «Suplico a Vuestra Merced reciba el pobre servicio de mano de quien lo hiciera más rico», mientras que la obra se inicia así: «Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca.

Es elemental lo que vio, según nos cuenta: nadie comenzaría una obra con la palabra pues, que sirve siempre para conectar con lo que se ha dicho antes. (En una discusión entre padre e hijo, el padre puede llegar a decir: Pues a tu habitación. Pero no tendría sentido comenzar la disputa así si no ha habido nada antes, es antinatural).

Acababa de darse cuenta de que el inicio del Lazarillo no está bien señalado: la novela comienza ya en el final del prólogo, un párrafo antes de lo que se creía hasta entonces

Es la mujer que, en una mañana anodina, sin advertirlo, acaba de cambiar la historia de una de las obras más importantes de la literatura española. Navarro Durán coge su maleta y se dirige a su puerta de embarque. Tiene un largo trayecto por recorrer.

~ Los días posteriores

Rosa Navarro llegó a Ciudad Real con el nerviosismo de la investigadora que es sabedora de que ha visto algo que va a hacer avanzar el conocimiento de su ámbito: en este caso, el literario. Es, como se dice popularmente, como pescar una ballena.

Allí coincidió con su compañero Felipe Pedraza, al que le pidió los facsímiles (las reproducciones exactas) de las primeras ediciones del Lazarillo de Tormes. Fue entonces cuando comprobó que la intuición que había tenido encontraba su reflejo en el papel: no había separación entre el final del prólogo y el principio de la obra, distancia que sí que se encuentra entre los distintos tratados. «Aquí falta algo», se dijo. Era todo extraño.

A la vuelta de la conferencia, ya en agosto, viajó a Figueras —a la casa familiar— a descansar unos días. Pero era difícil olvidar lo que había visto. Se dijo a sí misma que tenía que despejarse, dormir, pensar con claridad. Y comenzó entonces a esbozar unas notas en su ordenador.

«Me dije: si no duermes te vas a morir, tienes que tranquilizarte, escribirlo y verlo»

En los libros de la misma época que el Lazarillo, los editores acostumbraban a colocar entre el prólogo y la obra un pequeño resumen de la misma. Era lo que llamaban «argumento», que resume un poco la trama y orienta a los lectores a una correcta lectura. Lo encontramos en La Celestina, por ejemplo.

Sin embargo, este argumento no aparece en la historia del de Tormes, ni se le conoce en ninguna de sus ediciones. Esta fue la primera hipótesis que manejó Navarro Durán: ¿y si lo que falta entre el prólogo y el inicio de la obra es el argumento, que alguien arrancó y, por tanto, causó ese desajuste entre esos párrafos? No solo eso, sino que al eliminarlo se habría cambiado por completo la lectura de la obra. Solo eso explicaría su prohibición durante tantos siglos.

Un artículo en el mundo de la filología tiene un recorrido particular. Lo que es una hipótesis se plasma en unos datos, en un cotejo con las ediciones que conservamos como réplica de los originales. A partir de entonces, llega lo más complejo, que es conseguir que una revista de investigación acepte incluir la propuesta en una de sus ediciones. Todo ello, si se logra pasar la barrera de los revisores, que leen minuciosamente los artículos y son quienes deciden su publicación o no.

Una de las revistas que gozan de enorme prestigio en el mundo de la literatura es Ínsula, que desde hace décadas publica artículos donde se pueden leer avances en el estudio de distintas obras de nuestra literatura. Fue en la edición de enero-febrero de 2002 cuando la revista publicó el primer paso hacia adelante en la investigación de Navarro Durán: De cómo Lázaro de Tormes tal vez no escribió el prólogo a su obra.

En dos páginas y media, la catedrática dio las claves del estudio en el que llevaba desde agosto inmersa:

1.-El prólogo tiene dos partes: en una, habla el autor, que explica su obra, «esta nonada que en este grosero estilo escribo». Pero el último párrafo, en el que deja de dirigirse a los lectores y pasa a referirse a un tercero, a Vuestra Merced, es ya el Lazarillo quien habla: es el principio de la obra.

2.-El epígrafe que separa el final del prólogo y el comienzo del primer tratado casi ni se distingue. Aporta, para ello, imágenes de las ediciones que conservamos de la obra.

3.-Propone su hipótesis: el folio perdido, en el que probablemente aparecería el argumento de la obra.

Según Navarro Durán, alguien debió encontrarse con una edición primigenia donde ya no estaba ese folio. Y, como tuvo que cortar por algún sitio para darle comienzo a la obra (que se había quedado desdibujada), lo hizo por el momento en el que el personaje dice su nombre: “Pues sepa Vuestra Merced que a mí llaman Lázaro de Tormes…”, sin advertir que ese pues ligaba con lo anterior.

Este primer paso fue acogido discretamente por la crítica. La profesora, sin embargo, decidió seguir con lo que había visto. Su hipótesis del folio perdido le llevó a hacerse una pregunta, que ya apuntábamos antes: ¿y si, entonces, la lectura de la obra ha sido sesgada durante todos estos años?, ¿cómo es posible que la Iglesia prohibiese una obra donde simplemente se cuenta la vida de un pobre niño que busca medrar y sacar su vida adelante? Entonces, Rosa Navarro decidió irse a la edición que sí que se había podido leer durante siglos (la que tenía pasajes eliminados por el censor, Juan López de Velasco) y se preguntó: ¿por qué eliminaría el censor todo esto?, ¿qué veía de peligroso en este librito? Y llegó a una conclusión: el Lazarillo es una sátira muy peligrosa contra los vicios de algunos miembros de la Iglesia (codicia, falsa predicación, abusos). Postura arriesgada.

~ Hipótesis de partida

La obra comienza con Lázaro presentándose a una persona anónima (se refiere a ella con respeto y, al estar escrita en el s. XVI, llama vuestra merced a lo que hoy simplemente sería usted) y diciéndole que le va explicar un caso por el que se ha interesado. Por tanto, la clave de la investigación era averiguar quién es ese Vuestra Merced al que se dirige el personaje protagonista.

Navarro Durán centró sus esfuerzos en recrear, por tanto, la situación de partida de la obra: Vuestra Merced pide que se le informe sobre un caso. Para poder elaborar ese informe, llaman a declarar a Lázaro, pregonero de Toledo. Él, que no ha ido a la escuela y no sabe escribir, comienza a hablar y alguien toma nota de su declaración. Por tanto, lo que nosotros leemos en el Lazarillo es lo que él cuenta a viva voz.

¿Qué hace el protagonista? En lugar de ir directamente al centro de lo que se le pregunta, decide contar su vida desde el principio y cómo ha llegado a la ciudad de Toledo. Los primeros seis tratados va contando cómo pasó por distintos amos que lo acogieron en sus casas y lo mataron de hambre. Y, en el último tratado, explica realmente lo que le interesaba a Vuestra Merced.

Al mirar quiénes son sus amos nos encontramos con un retrato curioso:

1.-El primero es un ciego que reza y pide limosna, pero es un falso creyente.

2.-El segundo, un clérigo que mata de hambre a Lázaro.

3.-El tercero, un escudero fanfarrón que no tiene dinero.

4.-El cuarto, un fraile abusador.

5.-El quinto, un buldero, una persona que finge un falso milagro para recaudar el dinero de las bulas.

6.-El sexto, un capellán, que es un criptojudío, es decir, que sigue a escondidas con sus prácticas judías.

7.-El séptimo, un arcipreste sobre el que hay sospechas de que tiene una amante.

Lo que la catedrática observó es cómo habla Lázaro de todos ellos: a todos los condena y dice que no volvería con ellos. Sobre el único que se compadece es por el tercero: justo el que no pertenece a la Iglesia, sino a la corte. Sobre el escudero dice el protagonista: “antes le tenía lástima que enemistad”.

Surgió la clave: el Lazarillo fue tan peligroso porque es en realidad una crítica feroz contra los miembros corruptos de la Iglesia

Por tanto, se comprende el porqué de su prohibición. De ahí llegamos a la clave de la relectura que llevó a cabo Navarro Durán: si la obra es una crítica contra la Iglesia (disfrazada en el relato de un pobre niño que cuenta su vida al pasar de amo en amo), ¿qué diría el argumento, ese folio perdido?

La investigadora rastreó, para ello, todas las veces en que se nombra a Vuestra Merced en la obra. Y encontró algo muy curioso: al final del Lazarillo, se concentran las referencias a esa persona. ¿Qué dice el protagonista en ese punto final? Dice que él es muy consciente de los rumores sobre si su mujer es la amante del arcipreste de Toledo. Y añade que está muy tranquilo, que él confía en su mujer, pero también reconoce que «me han certificado que, antes que conmigo casase, había parido tres veces, hablando con reverencia de Vuestra Merced, porque está ella delante».

Y se pregunta Navarro Durán: ¿por qué le pide Lázaro perdón a Vuestra Merced por decir la palabra parir? Y se responde: porque puede ofenderle cuando ella lea la declaración del protagonista. Y, ¿por qué podría ofenderle esa expresión? Porque Vuestra Merced es una mujer. Concretamente, una mujer de alto nivel social que se confiesa con el arcipreste. A Vuestra Merced le han llegado rumores de que su confesor tiene una amante. Y esa amante —simplemente— es la mujer de Lázaro, el pregonero de vinos de Toledo, es decir, una persona que conocen todos.

¿Y si, una noche junto a su amante, el arcipreste se bebiese un vino y le dijese a su amante: mira lo que me ha contado esta mujer esta mañana? La amante podría ir a su marido (al Lazarillo) y decirle: mientras limpiaba esta mañana, mira lo que me ha contado el arcipreste. Y, de esa forma, los secretos de confesión de Vuestra Merced acabarían en boca del pregonero. Una situación arriesgada.

Por tanto, la mirada sobre la obra cambia por completo. En ese folio perdido, donde estaría el argumento, podría decirse: Una dama, temerosa de que su confesor (el arcipreste de San Salvador) tenga como amante a su criada, que es la mujer del pregonero de la ciudad, pide que se le informe sobre si son ciertos estos rumores que le han llegado.

Nadie miraría el Lazarillo centrándose en si el niño pasa o no hambre, sino que se leería como lo que es: una crítica a la corrupción de la Iglesia

De esa forma, si alguien comenzase a leer el Lazarillo, no se centraría en la vida del protagonista (que a nadie interesa, porque Vuestra Merced no sabe ni su nombre), sino en averiguar si es cierto o no que un miembro de la Iglesia (el arcipreste) tiene o no una amante, hecho que sería un escándalo.

Un paso arriesgado no solo en la lectura de la obra, sino en la carrera de una profesora universitaria que llevaba tres décadas de investigación en su currículum. Como comenta Durán: «antes de esto yo me dedicaba a una filología muy cuidada, de bordado, pero desde ese momento pasé a la filología de riesgo». Y es cierto: cambiar la visión sobre una obra como el Lazarillo es un riesgo cuando parece que ya se ha dicho todo sobre ella. Pero eso es lo que implica un avance: para ello, hay que dejar atrás muchas cosas y reconocer que alguien se encargó de que leyésemos de forma equívoca el libro. Y ese alguien fue quien arrancó el folio perdido. Es una paradoja curiosa: hay que agradecer al que intervino en aquella edición primigenia, porque gracias a él el Lazarillo ha pervivido. Si, en lugar de arrancar el folio, hubiese quemado la obra al completo, probablemente se habría perdido por el camino y hoy no sería uno de los libros más importantes de nuestra literatura.

Retrato de Alfonso de Valdés, bajo la mirada de Clara Salinas.

~ La autoría

«Lo vi claro una mañana, simplemente me dije: pero si es Alfonso, Rosa». Así cuenta Rosa Navarro cómo se dio cuenta de quién era la mano que se escondía tras la autoría del Lazarillo de Tormes. Esa mano pertenecía a ALFONSO DE VALDÉS (Cuenca, s. XV – Viena, 06/10/1532), escritor y secretario para cartas latinas del emperador Carlos V. Y, como casi todo en la vida, tiene una explicación.

Para que la catedrática se dijese eso una mañana, hay que bucear en su carrera profesional. Los profesores universitarios en el mundo de las letras, además de dar clase y escribir artículos, preparan ediciones de obras importantes en la literatura. Una editorial les pide que tomen un texto antiguo, lo estudien y preparen una edición que puedan leer, por ejemplo, alumnos de Secundaria o estudiantes de la universidad.

Y así sucedió en el año 1992: Gabriel Oliver, quien dirigía una colección de clásicos de la editorial Planeta, pidió a Rosa Navarro que preparase una edición de la primera obra que se le conoce a Alfonso de Valdés: el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma. Siete años más tarde, en 1999, la editorial volvió a ella y le encargó que hiciese lo mismo con la segunda obra de Valdés, el Diálogo de Mercurio y Carón. Para ambas ediciones, la filóloga llevó a cabo una inmersión en la vida y en el estilo de Alfonso de Valdés.

Lo que ella no sabía era que ese trabajo editorial le llevaría un día a restituir la autoría del Lazarillo, que hasta entonces se había presentado como anónima

«Rosa, si yo no te hubiera pedido los Diálogos, a lo mejor no habrías llegado…», le comentó un día el editor. Así podría haber sido. Dos años más tarde, en 2003, Gredos publica la que se considera la obra fundamental de Navarro Durán: Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes. La publicación de este estudio supuso un antes y un después. En ese trabajo, la profesora:

1.-Traza un PERFIL LECTOR: Rosa Navarro explica todos los textos que tuvo que leer el autor para poder escribir, en la época, el Lazarillo.

2.-Traza un PERFIL LINGÜÍSTICO: señala todas las expresiones comunes que hay entre los textos que sí se le conocían a Alfonso de Valdés y los pone frente el Lazarillo.

3.-Traza un PERFIL PERSONAL: indica qué ideas hay escondidas en el Lazarillo. Le pone nombre y, se lanza, así a la «filología de alto riesgo».

~ Largo recorrido

La mañana en la que nos encontramos, mediados de febrero de 2025, frío en la ciudad de Barcelona, Rosa Navarro aparece contenta. «Llevo ya más de veinte años con esto», nos comenta. Lo que comenzó como una intuición que se produjo en el aeropuerto de Barcelona y se plasmó luego en una sólida investigación es un hallazgo que sigue abriendo puertas, que sigue animando a muchos lectores a darle la vuelta a lo que creían saber sobre el Lazarillo.

Durante el recorrido para devolverle a Alfonso de Valdés la autoría de la obra que escribió y no firmó, como tampoco hizo con sus Diálogos —por miedo a represalias, claro está, porque el Lazarillo es una bomba de alto voltaje— ha habido momentos ilusionantes. Por ejemplo, cuando la editorial Alianza le encargó una edición completa que incluyese toda su investigación. Es la misma edición que nos firmó («Para los lectores de Andén. Confío muchísimo en ellos»).

Sin embargo, como señaló Juan Goytisolo en un artículo en Babelia (El País) el 26 de julio de 2003, al analizar el descubrimiento de Navarro Durán: «La importancia de una obra se mide frecuentemente en España por el silencio atronador que suscita. Se habla de ella en privado, se la descalifica en tertulia, se alude de pasada a su inconveniencia y aventurismo: quienes la admiran, callan, y sus detractores no exponen sus razones, si las tienen, por escrito. Como se dice en la jerga de hoy, nadie mueve ficha».

Así seguimos 24 años después de que Rosa Navarro escribiese aquel artículo en la revista Ínsula: sigue llamando poderosamente la atención el silencio atronador que la vieja guardia sigue ejerciendo sobre la autoría del Lazarillo. Es posible que suceda esto en este ámbito, y es que la filología no salva vidas (o muchas menos que la medicina). Pero hay algo inequívoco: la autoría ha sido restituida, los estudios están publicados y no ha habido quien haya podido demostrar lo contrario. Solo queda esperar.

Mientras tanto, siguen vendiéndose miles de ediciones que indican que, cuando Lázaro de Tormes abandona al fraile de la Merced en el cuarto  tratado, y dice que este le dio unos zapatos, pero no pudo «con su trote durar más» es porque el fraile le hace caminar mucho, es muy andariego, y acaban muy desgastados.

Pero hay algo que pone el broche a esta historia. En los libros de la época, casi todo lo que se publicaba era Vida de…, Vida de…, pero no LA Vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidaDES. Tomen las tres primeras letras del título y léanlas al modo hebreo (de derecha a izquierda). Luego, tomen las tres últimas y léanlas al modo latino (el nuestro). Junten las seis letras y échense una risa. Es lo que esperaba su autor.

Así concluye la crónica de cómo se gestó un año en la vida de una persona, el año en que Rosa Navarro Durán descubrió el autor del Lazarillo de Tormes. El silencio durará lo que corresponda, pero el primero número de Andén no habrá contribuido a ello.

Recorte de una noticia de El País publicada en su edición en papel el 01/12/2021. Cortesía

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