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Le damos muchas vueltas a la salud mental, algo por completo lógico en el mundo en que habitamos. Vivimos deprisa, decidimos deprisa, consumimos deprisa; también deseamos a una velocidad para la que quizá no estamos preparados. A esa aceleración se añade el descontento ante la imposibilidad de ser quienes creemos que deberíamos ser o, peor aún, quienes querríamos haber sido si la vida hubiera repartido las cartas de otra forma. Hay ahí una especie de sueño alucinatorio que nos invade. Para una parte amplia de nuestro universo occidental ya no basta con vivir, comer, tener una casa, trabajar, amar a alguien o llegar al final del día sin que ocurra ninguna catástrofe: necesitamos estímulos, experiencias, reconocimiento, cuerpos deseables, viajes, restaurantes, casas abiertas al mar, éxito profesional, sexo, juventud, belleza, dinero, una felicidad que además pueda fotografiarse. El gran escaparate está abierto las veinticuatro horas. Basta mover un dedo. Las redes sociales nos enseñan cuerpos escogidos, instantes escogidos, habitaciones escogidas, sonrisas escogidas; después nosotros hacemos algo bastante absurdo: comparamos esa selección ajena con la totalidad de nuestra vida. Consumimos esas imágenes en fracciones de segundo, una detrás de otra, hasta que lo excepcional adquiere apariencia de normalidad. No sé si hemos aprendido a digerirlo. Tal vez nuestro cerebro siga interpretando como cercano, posible e incluso alcanzable aquello que solo existe ante nosotros porque millones de personas compiten por mostrarnos durante unos segundos la parte de sus vidas que merece ser mostrada.
Tal vez nuestro cerebro siga interpretando como cercano, posible e incluso alcanzable aquello que solo existe ante nosotros porque millones de personas compiten por mostrarnos durante unos segundos la parte de sus vidas que merece ser mostrada
El problema empieza cuando la posibilidad se convierte en expectativa, la expectativa en exigencia y la exigencia en una extraña conciencia de agravio: si otros lo tienen, ¿por qué yo no? Entonces aparece la frustración, pero también algo más incómodo, la incapacidad para aceptar que toda vida tiene límites y que elegir una cosa significa renunciar a muchas otras. Incluso quienes alcanzan ese territorio excepcional quedan atrapados en la contradicción. Pensemos en un futbolista que cobra seis millones de euros al año porque posee una capacidad que casi nadie tiene y ejerce una profesión que mueve cantidades obscenas de dinero: puede sufrir, deprimirse, sentir miedo, romperse por dentro; el dinero no vacuna contra nada de eso. Pero existe otra cuestión distinta: resulta difícil pretender los privilegios de una posición extraordinaria sin soportar parte de la presión, la exposición, la crítica o la responsabilidad que esa misma posición produce. Queremos la riqueza, no su coste; la fama, no la mirada ajena; el cuerpo admirado, no la disciplina; el éxito, no la posibilidad del fracaso. Queremos, en definitiva, entrar en todos los escaparates sin pagar ninguna entrada. No se puede. Y quizá una parte de nuestro malestar nazca ahí, en esa perpetua insatisfacción, en ese estar instalados en la nada del todo, rodeados de posibilidades que existen ante nuestros ojos pero que nunca formarán parte de nuestra vida. Qué difícil es aceptar tu espacio.
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Primer columnista de Andén. Escritor, crítico literario, profesor de Lengua y Literatura españolas, de Sociología y Ciencias políticas. Enamorado de la lectura.