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Vivimos en un mundo sometido a cambios profundos. Dicho así parece un lugar común y, si ampliamos la perspectiva, podríamos aplicar la frase a casi cualquier periodo de la historia de la humanidad; cada generación ha tenido la sensación de asistir a una transformación decisiva de su tiempo. Sin embargo, hay algo distinto en el nuestro: desde hace años los cambios sociales, políticos y culturales los vivimos en directo, pero ese directo se ha acelerado hasta casi eliminar la distancia entre lo que sucede y nuestra obligación de comprenderlo. Y eso tiene consecuencias emocionales, culturales y personales, porque intentamos digerir realidades del siglo XXI con categorías heredadas del XX y, en no pocas ocasiones, del XIX. El patrimonio cultural participa también de esa tensión. Siempre ha existido una concepción casi purista de su conservación, empeñada en preservar objetos, edificios o restos arqueológicos como si contuvieran una esencia original que pudiera mantenerse intacta, una especie de pureza histórica que, si se piensa bien, resulta bastante discutible; frente a ella aparece otra forma de entender el patrimonio, aquella que considera que conservar no basta, que el vestigio debe dialogar con quien lo contempla, explicarse, adquirir contexto, permitir que el visitante comprenda no solo qué tiene delante, sino qué significó para quienes lo construyeron, utilizaron o habitaron.
Ahí está la diferencia entre recorrer las salas inmensas del British Museum, donde el objeto parece imponerse, y entrar en otros museos que intentan reconstruir contextos, ambientes y experiencias para convertir al espectador en algo más que un visitante
Ahí está la diferencia entre recorrer las salas inmensas del British Museum, donde el objeto parece imponerse por acumulación y solemnidad, y entrar en otros museos que intentan reconstruir contextos, ambientes y experiencias para convertir al espectador en algo más que un visitante que pasa ante una vitrina. Lo mismo sucede con las ruinas, con los yacimientos, con esos restos de civilizaciones que han sobrevivido al tiempo y ahora deben encontrar su lugar dentro de una modernidad que corre el riesgo tanto de embalsamarlos como de banalizarlos. El Museo Arqueológico de Alicante (MARQ), por ejemplo, ha trabajado con acierto en esa dirección, combinando la conservación con una museografía que introduce al visitante dentro del relato histórico y permite que escolares, turistas o curiosos entiendan qué están viendo y por qué aquello importa. El debate, por supuesto, está servido, porque entre convertir el patrimonio en una reliquia intocable y transformarlo en un parque temático existe un espacio enorme en el que todavía estamos aprendiendo a movernos. Algo habrá que hacer si no queremos que preservar acabe significando ocultar y que interactuar termine convirtiéndose en destruir. Como casi todo lo que merece la pena discutir en nuestro tiempo, se trata de encontrar un equilibrio difícil; y quizá por eso mismo estemos ante uno de esos pequeños grandes retos civilizatorios que dicen mucho más de nosotros de lo que parece.
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Primer columnista de Andén. Escritor, crítico literario, profesor de Lengua y Literatura españolas, de Sociología y Ciencias políticas. Enamorado de la lectura.