Los tipos duros también leen | «El maestro y Margarita», de Mijaíl Bulgákov

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¿Qué es un clásico? Es una pregunta que seguro he abordado alguna vez en este blog, quizá en más ocasiones de las que recuerdo y desde perspectivas distintas, porque hay cuestiones que uno nunca termina de resolver y a las que regresa con la sospecha de que las respuestas anteriores ya no le sirven. Podríamos recurrir a una definición canónica y afirmar que un clásico es aquella obra que la Academia, entendida como esa comunidad intelectual que se articula alrededor de las universidades, ha decidido elevar a semejante categoría. La definición resulta redundante, cierto, pero no deja de tener su utilidad, porque hoy, con la inteligencia artificial y su capacidad para rastrear lo que se estudia, se cita y se recomienda en miles de universidades, podríamos confeccionar un catálogo de clásicos por países, épocas, géneros o por lo que nos diera la gana, y hasta establecer una clasificación de los más clásicos entre los clásicos, que sería una manera bastante entretenida de convertir la literatura en una competición deportiva. También podríamos sostener que un clásico es aquel libro que los lectores consideran excepcional, aunque aquí entramos en un territorio mucho más pantanoso, porque eso de «los lectores» se parece demasiado a cuando alguien afirma que «la gente» pide, siente, piensa o padece, como si detrás de semejante abstracción existiera una conciencia colectiva capaz de ponerse de acuerdo en algo. El lector, además, puede ser un tirano que se empeña en sacralizar unas obras y condenar otras al olvido, aunque sospecho que detrás de muchas de esas preferencias se esconde la industria editorial, con sus campañas de propaganda, sus modas pasajeras y sus libros confeccionados a medida de un determinado target, como si el gusto literario pudiera fabricarse en un laboratorio de mercadotecnia.

Podríamos sostener que un clásico es aquel libro que los lectores consideran excepcional, aunque aquí entramos en un territorio pantanoso, porque eso de «los lectores» se parece demasiado a cuando alguien afirma que «la gente» pide, siente, piensa o padece, como si detrás existiera una conciencia colectiva

No me asusta demasiado ese criterio, al menos no tanto como el académico, que también tiene sus caprichos, sus servidumbres y esa peculiar habilidad para consagrar obras ilegibles, inaccesibles o insoportables, cuya grandeza parece residir, en ocasiones, en que muy pocos consiguen terminarlas y todavía menos se atreven a reconocerlo. Hay algo sospechoso en los criterios inamovibles, como en esas personas que se jactan de no haber cambiado jamás de principios, que exhiben su firmeza como una virtud moral y confunden la fidelidad a sus convicciones con la incapacidad para someterlas a examen. El mundo cambia, cambian las sociedades, las sensibilidades, las formas de relacionarnos y hasta el aire intelectual que respiramos, y lo hace a una velocidad que debería invitarnos a desconfiar de cualquier certeza eterna. ¿Por qué no habrían de cambiar también nuestros criterios literarios? ¿Por qué no revisar aquello que un día veneramos o conceder una segunda oportunidad a lo que entonces despreciamos? Quizá un clásico no sea tanto una obra que permanece intacta como un libro que admite nuevas lecturas, que resiste el paso del tiempo sin exigirnos que pensemos como quienes lo leyeron antes. En cualquier caso, convendría regresar a los libros con la mente abierta, los ojos atentos y nuestros prejuicios encerrados en un baúl, aunque mejor sería perder la llave.

[Léela completa mañana: aquí].

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