Quisiera comenzar con una frase de consuelo para todo aquel que haya considerado que en nuestra época las humanidades se encuentran en crisis. No se preocupen por ellas. Como muchos de nosotros, ellas están acostumbradas a vivir permanentemente en ese estado. Y sin embargo les entiendo. Como ustedes, yo también crecí pensando que hubo un tiempo de polis y ágoras en el que la filosofía, la poesía, el arte y la religión atravesaban el conjunto de la vida pública. ¿Los responsables más insignes de esta visión heredada del mundo clásico? Precisamente aquellos que entre los siglos XV y XVI consideraron que, volviendo la vista a esa Arcadia perdida, el ser humano estaba en condiciones de renacer, dejando atrás un período de crisis nada desdeñable: los aproximadamente diez siglos que duró esa época a la que los historiadores le impusieron como castigo el nombre de Media, porque parece que esa fue precisamente su utilidad, mediar entre dos épocas esplendorosas.
El mundo de la filosofía en particular se encuentra lleno de renacentistas de este tipo que consideran urgente revertir un presente que nunca está a la altura. No existiendo, pues, una época exenta de pensadores que consideren que en su tiempo las humanidades están, o han estado en crisis, resulta más interesante examinar el catálogo de motivos que esos mismos pensadores emplean para realizar su diagnóstico. De esta forma puede obtenerse un bosquejo de aquello que en nuestra época se echa más en falta, reservándose uno, en último término, el derecho a compartir, o no, ese juicio. Ilustraré las ventajas de este método a partir del examen que de la situación de la cultura, y sobre todo de la filosofía de su tiempo, realizó un gran especialista en diagnósticos epocales: Friedrich Nietzsche (Röcken 1848-Weimar 1900).
El mundo de la filosofía en particular se encuentra lleno de renacentistas de este tipo que consideran urgente revertir un presente que nunca está a la altura
En un escrito publicado en 1874 bajo el título Schopenhauer como educador, Nietzsche ratifica el estado calamitoso de esa gran cultura que, como se ha sugerido ya aquí, siempre ha sido más añorada que disfrutada. Lo novedoso de su análisis, no obstante, radica en el culpable que el pensador alemán señala como perpetuador de esa cultura inesencial que amenaza con seguir siendo transmitida: el profesor de filosofía. Es este el que, encarnando la figura del filósofo-funcionario, constituye el producto típicamente moderno que se opone al viejo sueño platónico del filósofo-gobernante, siendo la principal diferencia entre ambos la sustitución de la Verdad por el Estado como institución a la que el más reciente de estos obedece. El punto de partida de Nietzsche es de una fuerza innegable: si la figura del filósofo ha pasado de ser temida, a ser mantenida por el propio Estado, esto no es, en ningún caso -como soñaba Platón-, porque el Estado todo se haya vuelto filosófico: antes bien, es porque la filosofía toda ha dejado de ser temible.
De esta forma, la figura del filósofo-funcionario, lejos de constituir un motivo de celebración con el que combatir a todos esos renacentistas que creen que todo tiempo pasado fue mejor, sería, bien examinada, la principal señal de que las humanidades han claudicado hasta el punto de entrar a formar parte de esa maquinaria estatal para la que deberían suponer una incesante amenaza. ¿Quieren más pruebas de que la educación filosófica que se brinda masivamente a nuestros jóvenes -¡y de manera obligatoria!- es, bien considerada, una deseducación filosófica? Observen -dice Nietzsche- el modo en el que esta se produce: el simple hecho de que se confíe en que un filósofo de raza tenga siempre algo que decir -siempre a la misma hora, siempre en el mismo sitio- es sospechoso; que se le obligue a tratar con jóvenes -a los que no conoce- los temas que han sacudido a los espíritus más elevados de todas las épocas es extraño; pero que se considere posible examinar a estos del contenido de esos intercambios forzados, dictaminando algo así como el progreso del estudiante en el aprendizaje de una filosofía estatalmente pautada: eso es ya algo sencillamente ridículo.
Personalmente reconozco la fuerza persuasiva de estos argumentos. Quisiera, no obstante, ofrecer dos motivos por los que creo que esta sanción a la época pudiera pertenecer al modo clásico en el que el pueblo de los filósofos -del que, muy a su pesar, Nietzsche forma parte- ha buscado siempre distinguirse de aquellos “no iniciados”. En primer lugar, es evidente que semejante punto de vista es el propio de aquel que, siendo partícipe de ese aristocratismo de espíritu que ha acompañado siempre a la filosofía, ve de repente amenazada su condición privilegiada. Al fin y al cabo, si el acceso a la filosofía se vuelve masivo, ¿no despojará esto al filósofo de su camuflaje? ¿Qué le quedará para distinguirse del pueblo, si este es ya obligado a iniciarse en lo que históricamente estuvo reservado para las mejores naturalezas?
¿No se esconderá bajo esta actitud un terror a que el gran público conozca el secreto mejor guardado de los filósofos?
Pero voy más allá: ¿no se esconderá bajo esta actitud un terror a que el gran público conozca el secreto mejor guardado de los filósofos? A saber, el modo en el que, llegado el momento, estos callan -o peor aún, hablan cuando debería callar- sobre los temas más importantes: precisamente esos sobre los que se les presupone cierto poder de iluminación. Imagino que para cierta estirpe de filósofos debe ser ciertamente terrible imaginar al gran público habiendo sido forzado a tener un contacto con su disciplina, y volviéndose hacia ellos para decir: “¿así que esto era todo?”.
Así pues, es normal que se cuestione la figura del filósofo-funcionario. Al fin y al cabo, este no es sino el último instrumento con el que las humanidades siguen cuidando de sí mismas, incluso en este momento en el que su transmisión se ha vuelto necesariamente masiva. Un momento en el que resulta posible, por ejemplo, compartir con jóvenes que no pidieron estudiar filosofía, a la hora de siempre, y en el sitio de siempre, la diatriba de Nietzsche contra ese modelo de educación.
La añoranza de una gran cultura, la urgencia por renacer, desaparece cuando uno aprende a disfrutar de su época. Long live the new flesh.