Juégame despacio que tengo prisa

Hace un par de veranos, durante una de esas tardes en las que pisar la calle sin un motivo de fuerza mayor se percibe como un acto temerario, los únicos dos sonidos que podían distinguirse en el salón de casa eran el ventilador a máxima potencia y el que debía ser por lo menos el cuadragésimo TikTok que veía de manera consecutiva. En un momento de lucidez, decidí destinar lo que quedaba de tarde a alguna de mis aficiones que implicaran una exposición al calor mínima y estar concentrada más de un minuto entero.

Aunque habría agradecido tener la guía de este número a mano en ese momento, tras barajar varias opciones, finalmente decidí conectar la Steam Deck, la consola portátil de Valve, al televisor. Elegí el juego que más me apeteció de entre la absurda cantidad de títulos pendientes que tenía y así es como empecé Final Fantasy VI, un juego que ese mismo año cumpliría treinta.

Disfruté contemplando el pixel art, fascinada por la complejidad de algunas de las escenas a pesar de los limitados recursos con los que contaba en su desarrollo. La historia me entretuvo, me resultó llamativa la forma en que estaba contada, y me encariñé con algunos de los personajes. Ya conocía algunas mecánicas (como Prisa) por otra entrega a la que había jugado anteriormente, mientras que otras eran nuevas para mí. Encontré la banda sonora extraordinaria, y más teniendo en cuenta que fue compuesta para un juego de SNES.

Una noche en la ópera de Final Fantasy VI, versión de SNES (captura de Wikipedia)

No lo terminé. O, al menos, no lo terminé yo. Cuando llegué al final del juego, ya sin tanto tiempo libre en mis manos, caí en la cuenta de que no iba a poder derrotar al jefe final sin dedicar un buen rato a subir de nivel a algunos personajes y cambiar un poco de estrategia. Decidí que en ese momento eso no era para mí, aunque otras veces sí lo hubiera sido y, no sin algo de vergüenza, abrí YouTube y observé cómo otra persona completaba la batalla final y veía las últimas escenas. Lejos de sentir decepción por no haberlo completado, pensé que ese juego realmente ya me había dado todo lo que buscaba, e incluso más.

Simplemente quedaba sentarme y disfrutar del final, casi como cuando de pequeña me turnaba el mando con mi hermana

Durante más de treinta horas, había estado observando, escuchando, comprendiendo y analizando varias piezas artísticas comprendidas en una única obra que un grupo de personas confeccionó tres décadas atrás. También había estado participando activamente en la resolución de problemas que  iba lanzando el videojuego, cada uno con mayor o menor impacto en la trama. Simplemente quedaba sentarme y disfrutar del final, casi como cuando de pequeña me turnaba el mando con mi hermana. Para mi desgracia, con esto ya no podía ser gamer de verdad, sea lo que sea que eso signifique.

No estaba descubriendo nada nuevo, los gameplays existen desde hace ya bastantes años y, sin embargo, esto solo reforzó en mí la idea de que los videojuegos pueden vivirse de múltiples formas y a través de distintos medios. Con una gran variedad de temáticas, mecánicas (que pueden servir para desarrollar historias, divertir, proponer un reto a los jugadores…), estilos artísticos y vías de acceso, adentrarse en ese mundo puede resultar abrumador, pero sin duda también muy provechoso.

Hollow Knight, completamente dibujado a mano (captura de Waivio)

Poco a poco, he ido viendo a más gente de mi entorno empezar o profundizar en este ámbito de una forma u otra y, en muchas ocasiones, esto va ligado a compartir experiencias. Puede que sea en una fiesta en casa con alguien en modo Chicote en Overcooked preguntando quién ha preparado una hamburguesa con lechuga y tomate, cuando la siguiente en salir debería llevar únicamente queso. O quizás empezando una partida en Minecraft para poder fantasear durante unas horas con una vivienda propia y además cerca de los amigos. Tal vez, en pareja, colaborando para superar cada uno de los obstáculos de It Takes Two o debatiendo sobre si sentarse en una silla de Disco Elysium puede ser una buena idea.

Harry sentado tranquilamente en una silla en Disco Elysium (captura de PC Gamer)

A menudo, como ya se ha visto, ni siquiera es necesario ser un participante activo.  Basta con seguir escuchando la banda sonora de Persona 5 Royal en un trayecto en metro, ver en directo cómo alguien encuentra nuevas formas de pasarse Hades una y otra vez haciendo speedruns, compartir consejos para conseguir alguno de los logros de Hollow Knighto dejar que un amigo controle el mando en Luto y así tener las manos disponibles para algo mayor: taparse la cara por si hay susto.

Un paseo por Luto (captura de Hobby Consolas)

En cualquier caso, estas experiencias, además de permitirnos enriquecer nuestras relaciones, también actúan como motor para seguir descubriendo un poderoso medio artístico y narrativo. Un medio bastante particular si lo comparamos con otros más tradicionales, ya que se basa en la interacción con sus distintos elementos. Es su variedad, la posibilidad de interactuar con ellos (u observar cómo lo hace otro) e incluso poder disfrutarlos de forma aislada, donde reside su riqueza. En definitiva, sin importar si uno nunca ha tocado un mando (o cualquier otro tipo de control) o si tiene más horas de juego que de sueño, nunca es mal momento para plantearse embarcarse en alguna aventura. Sobre todo si nos evita una tarde veraniega de doom scrolling. ¿Le damos a Start?

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