El monte Canilo | «Los frenos»

El coche es un espacio de soledad e intimidad en el que se crea un diálogo muy curioso con uno mismo. En él he repasado frustraciones, anhelos, ilusiones, alegrías. Siempre lo he sentido como un lugar recogido, casi impenetrable. La conducción es algo misterioso: muchas veces me he sorprendido al ver que estaba ya en la puerta del garaje y no sabía muy bien cómo había llegado hasta allí. Eso me daba la medida de lo singular que había sido el trayecto, una sucesión de ideas inconexas (o no) y agradables (o no).

Imagen extraída de la web https://depositphotos.com/.

En el coche me he sentido seguro, probablemente por lo impersonal de la conducción: lleva el coche mal tanta gente —yo podría ser uno de estos— que nadie, en el fondo, sobresale en exceso. Qué poco se sabe de alguien que cruza una ciudad sin bajar del auto. Esto pensaba hasta que no hace mucho, cuando la luz ya escaseaba, me vi frenando (rebajando un poco la velocidad) en según qué situaciones en las que no era preciso. Imaginé qué pensaría de mí el de detrás viendo a un ser que frenaba inexplicablemente en medio de una avenida. Me encontré vendido en mi propio coche, pues comprendí que los que nos siguen saben más de nosotros de lo que pensamos. En cada frenada nos delatamos. Durante un buen rato, observé cuándo utilizaba el de delante los frenos y con qué antelación ante un obstáculo. Somos un misterio.

1 comentario en “El monte Canilo | «Los frenos»”

  1. La conducción hipnotiza, tal vez es la sucesión de rayas discontinuas, imperceptibles que nos atrapan en un limbo de ficciones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio