Dicen que el escenario ideal cuando llega el momento de retirarse de la vida laboral es tener una afición que ocupe el grueso del tiempo por las mañanas. El lapso que va de seis a ocho de la tarde es muy fácil de llenar: a poco que des una vuelta por un centro comercial o vayas a algún supermercado a completar la compra de la semana, lo tienes hecho. Pero el tramo que va desde las nueve hasta la una de la tarde puede ser un abismo si no tienes algo motivador que hacer. Hay quienes optan por apuntarse a un idioma; otros con su tarea de abuelos tienen la mañana distraída; existe un grupo al que le da por la agricultura; otro aprovecha para dirigir la reforma que ha ido postergando en su vivienda —esta última opción podríamos decir que se acaba pronto, pero sería una gran mentira—. En lo que sí que parece estar todo el mundo de acuerdo es en que lo de pasear, ver obras o dar miguitas de pan a las palomas está muy bien para el primer día, incluso para el segundo, pero a partir del quinto puede convertirse en un absurdo.
Me pregunto, ahora que ha llegado el momento de disponer de todo el tiempo, en qué lo va a emplear Juan Carlos Peinado, el juez cuyo trabajo en esta última temporada había sido una lucha diaria por ocupar los titulares de las principales cabeceras en este país. Teniendo en cuenta que esta tarea va a verse reducida, ha llegado para él un punto clave: tomar una decisión para sus mañanas. Lo primero que puede hacer —es la opción más plausible— es irse de vacaciones a un lugar paradisíaco para, caipiriña en mano, decir a su acompañante, encima de una tumbona, mientras el sol va haciendo su trabajo: «Yo encausé a Begoña Gómez». Y el siguiente sorbo sabrá para él como la victoria suprema, como un orgullo difícil de igualar. Sin embargo, por mucho que disfrute de ese cáliz, la balanza de la justicia no lo recordará como un jurista solvente, como un buen investigador, porque ese afán de ganar los 200 metros cuando apenas le quedaban cinco de carrera le ha terminado explotando encima de la mesa y pasará a la historia como un personaje pop, como probablemente le sucederá a nuestro presidente o como a la gran Belén Esteban.
Lo verdaderamente preocupante de todo esto no es el recorrido del juez, sino lo que queda por el camino. La justicia lleva demasiado tiempo instalada en el escaparate: las resoluciones se leen como capítulos de una serie, los autos se convierten en best sellers y los jueces acaban teniendo nombre propio más allá de sus sentencias —salvo si eres mujer, como comentaba un día mi querida Rosa S., al advertir que nadie llama por su nombre a la magistrada Ruiz Tobarra, la «jueza de la dana»—. Convertida, pues, la batalla en una más por saber quién gana el último metro de la carrera o quién da el giro de guion más sorprendente, la Dama de la balanza está tomando una deriva que preocupa, y este es otro de los grandes problemas nacionales. «¿Que cuál es mi currículum? El cariño de toda esta gente», dijo la Esteban en una noche que pasó a la historia y donde barrió en audiencia, como sucedió este viernes. Al contrario, comienza a emborronarse el historial judicial en este país gracias a actuaciones como las de Peinado pero, como a él parece no importarle demasiado, solo nos queda abrir un cava y decirle: feliz jubilación.
Redactor jefe de Andén.