No recuerdo cuál era el título que llevaba en la cabeza, pero estaba decidido a comprar únicamente ese libro, dar una vuelta por la sección de ofertas por si acaso y continuar con mi tarde. No sé si para llegar cogí el metro Campanar-Xàtiva (con transbordo en Àngel Guimerà) o si bajé andando por Gran Via de Ferran el Catòlic. La cuestión es que a media tarde me veo entrando, principios de junio de 2021, a la librería París Valencia (la de la calle Pelai). Directo a la estantería, encontré enseguida la novela con la que quería empezar el verano, pero no me gustó la primera frase; tampoco me entusiasmó la relectura de la contraportada. Con un cierto desánimo, pensé en dar una vuelta por la librería, pero sin ninguna pretensión ya.
No me gustaron las ofertas, no me llamó la atención ninguna de las novedades que publicaban las editoriales y el paseo por el local me empezó a pesar porque sentí que lo que quería era llevarme algo, y el comprar por comprar no me suele satisfacer. Y vi que me iba a ir sin nada, roto el hilo: si la novela con la que quería comenzar las vacaciones había fallado, a ver cómo rehacía esa cadena —qué pena empezar por la segunda—. Antes de irme, volví a la sección de ofertas, a rebuscar por si se me había escapado algo. Y en un momento (mientras lo escribo, lo estoy viendo), me giré y vi que en una estantería baja también había alguna oferta más, pero nunca había reparado en ella. Pasé unos cuantos y me encontré con uno que me ilusionó (no recuerdo cuál), vi que sería un buen candidato para empezar ese verano, pero algo me hizo dudar. Y lo dejé, pero justo antes de irme al lado me llamó la atención otro título: Brooklyn Follies, de Paul Auster. Me pareció especial, y ese sí lo cogí.
El verano transcurrió y, a la vuelta, cuando uno comienza a hacer las valoraciones, me di cuenta de que uno de los momentos más placenteros había sido una noche en la plaza del apartamento familiar en Almenara, en la hamaca, ya terminando la novela austeriana, cuando me vi pasando páginas sereno, distraído por la lectura, con una brisa moderada. Y, así, una elección casual se convirtió en un instante magnífico. Pasados los veranos, sigo preparando la lectura que dará el pistoletazo al descanso (la de este año está ya comprada), pero me pregunto si debería aplicar esta enseñanza también para los próximos comicios nacionales e ir al colegio electoral sin una idea cerrada, a ver si surge de allí otro éxito. Demasiadas elecciones.
Redactor jefe de Andén.
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