Uno llega al Roig Arena, el estadio que alumbra eventos cada vez mayores en la ciudad de Valencia, y lo que se encuentra es un festival, un despliegue hecho a medida para consumir, reír, disfrutar y bailar en torno a la convocatoria de turno. Es lo que sucedió anoche cuando un apreciado grupo —del que yo formaba parte— cruzó el umbral de aquel estadio para disfrutar de Aitana en vivo y en directo. Se apagaron unas luces, se encendieron otras, y una masa digna de mitin se puso a aplaudir como si de su líder supremo se tratase. Y no era para menos: quien estaba delante es una estrella, «una reina» —eso gritaba una asistente, detrás de mí—, una cantante a la que le caracteriza una cosa: es honesta, real, trabajadora. Es un icono, ese referente musical al que muchos esperábamos para que no nos fallase. Y no lo hizo: la artista catalana dio un auténtico recital del que todos salimos satisfechos. En un momento, Aitana Ocaña cogió el micrófono y prometió una noche de ilusiones. No habló del precio de las entradas (homologable al de otros artistas de su talla), no puso el foco en la movilización económica que suponía el concierto, sino que habló de sentimientos. Se refirió a lo mucho que apreciaba a Valencia, la ciudad que le apoyó desde el principio y que nunca le ha abandonado, esa capital que sigue arropándola sin fisuras, se mostró agradecida, abrazó a los de primera fila, conectó con nosotros. Nos tocó la fibra. Había en el ambiente algo claro, y es que la relación que nos une es amorosa: Aitana quiere a Valencia y nosotros la queremos a ella, no hay nada más que decir. Lo pensaba esta mañana cuando paseaba por el Triángulo Umbral, uno de los parques principales de mi ciudad, y me he dado cuenta de que más nos vale seguir coreando «Aitaana, Aitaana» y que siga valiendo pena, porque no sé si me veré otra vez con ánimo de gritar «No estás solo, Zapatero». Qué semana y qué disgusto. Viva Aitana.
Redactor jefe de Andén.
Muchos compartimos tu disgusto y tu decepción, y no por Aitana.