Editorial | Mundial

El racismo y la xenofobia suelen ir de la mano, pero no constituyen la misma realidad. Mientras que el primero discrimina a las personas por su origen racial o étnico, la segunda rechaza a quienes considera extranjeros. Ambos fenómenos, eso sí, alimentan la exclusión, erosionan la convivencia y siguen presentes en prácticamente todas las sociedades. Este es otro mundial sobre el que conviene pararse.

En los últimos meses, el discurso político ha contribuido a normalizar ideas que hace apenas unos años parecían impensables en democracias consolidadas. En Estados Unidos, Donald Trump ha convertido la inmigración en uno de los ejes de sus ataques y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ha protagonizado operaciones  —todos las hemos visto— que han intensificado el miedo entre comunidades migrantes. Cuando las instituciones proyectan al extranjero como una amenaza permanente, el prejuicio comienza a calar y la exclusión puede convertirse en rutina.

España tampoco es ajena a esta deriva. La apelación a la «prioridad nacional» empieza a ganar espacio en determinados discursos políticos y sociales. Presentada como una defensa de los intereses propios, esta idea es   un  peligrosísimo instrumento de exclusión que establece categorías de ciudadanos según su origen o cuestiona derechos en función de la procedencia. La convivencia se fortalece con igualdad de derechos, no levantando nuevas fronteras. Los medios de comunicación tenemos un papel importante para condenarlo y, al mismo tiempo, concienciar para frenar las actitudes racistas, xenófobas y todas las «fobias» que amenazan las libertades.

En otro orden de cosas, el mundo ha contemplado desde la distancia el genocidio perpetrado en Gaza por parte de Israel. La periodista Mónica G. Prieto, en una serie titulada Disección de un genocidio (emitida en la Cadena SER), ha centrado la mirada en sus primeras entregas en tres fenómenos:  la destrucción sistemática de todo el sistema médico palestino (medicidio), la guerra contra la verdad (vericidio) y el asesinato masivo de bebés, niños y adolescentes (infanticidio). Las imágenes de lo sucedido en Gaza han desaparecido de la conversación pública, cuando esta misma semana   —este editorial se cerró el 15 de  julio—, según informó la agencia Reuters, «un ataque israelí y disparos del ejército causaron la muerte de al menos diez palestinos en la Franja de Gaza, entre ellos un niño de 10 años». ¿A qué se debe este abandono cuando el genocidio en Gaza no ha cesado? La comunidad internacional no ha sido capaz de frenarlo todavía. ¿Es porque actúa como cómplice del genocidio?

Todos estos fenómenos, que atacan la Declaración Universal de los Derechos Humanos, están generando una fuerte deshumanización. Combatir su avance implica otra urgente acción mundial.

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