A pluma libre | «Siempre que voy a bailar»

Desde el palco de la discoteca la pista parece otra cosa: una masa de gente moviéndose al mismo ritmo, brazos en alto, luces que se encienden y se apagan, y en el escenario Abril Zamora pinchando canciones que todo el mundo corea. El sábado pasado estuve allí de nuevo. Hacía tiempo que no iba. ¿Fue la última vez en la despedida de mi amigo Julian o incluso antes? El caso es que viendo esa marabunta de vida y música, allí, en el palco de la Joy, lo comprendí: amo la fiesta con toda mi alma.

Y no sé bien cuándo empezó a instalarse esta sospecha colectiva contra la fiesta. Quizá no tenga que ver con el tiempo cronológico sino con el momento vital. Ya tengo 31 y cuando miro alrededor lo que veo es mucho crossfit, dieta, mucha app para ligar, trabajo fijo. Pero yo estoy a otras: cantar a voz en grito lo último de Carolina Durante, grabar vídeos donde mis amigas salen guapísimas y pasarnos el botecito de Rush para seguir tan arriba como queremos.

“Porque el ocio es ¡RE-VO-LU-CIO-NA-RIO!”, dice José Miguel Villarroya. Y tiene razón. Que yo llore recordando a Julian cuando la DJ pone nuestra canción… es política. Porque es frívolo, no es productivo.

La discoteca es un espacio de comunidad, emoción, memoria. Por eso cuando todas se han ido, en la cola del guardarropa, intento convencer a mi amiga Carina de que cerrar la discoteca es lo mejor que nos puede pasar. Ella me mira reticente, pero empieza a sonar un temazo de Samantha Hudson: “Siempre que voy a bailar me quedo sola/Siempre que voy a bailar/Me quedo sola porque soy una adicta al sonido”. Entonces también lo comprende. Sonríe, coge mi mano y me arrastra de nuevo a la pista.

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