Me envía mi amiga Paloma un reel de Instagram hace unos días: «Quiero agradecer públicamente al atún: por acompañarme cuando soy fit, cuando soy pobre, cuando tengo flojera, se me olvida descongelar algo o todas las anteriores juntas». Llevaba yo unos días ya barruntando no lo que aconteció en Otero, sino que había llegado el momento de desbancar tanto contenido relacionado con crusanes, tartas de queso o panetones. ¿Por qué no le damos el lugar que merece a esa comida que no sabe dulce, sino más bien lo contrario? Subido al avión en mi primer viaje solo, a punto de llegar a conocer Berlín, esa ciudad tan especial, hace ya casi un año, lo vi claro por primera vez. Una amable azafata vino cuando le hice el gesto: quería asegurarme de lo que iba a pedir. Le dije que quería lo que estaba señalando y pregunté: «Salad?». Ella respondió: «No, only this, sorry». Insistí: «But salad?». Ella, perpleja: «There’s no salad in this case». Entonces le dije que mejor no comía nada, que quería eso, pero en salad. Quiso comprender ese cambio tan brusco. Le señalé algo con chocolate: «I don’t like this. I prefer salad». Abrió los ojos y empezó a reírse: «Oh, salty», dijo. Y fui yo quien entendió entonces que llevaba un minuto pidiendo ensalada, no intentando averiguar si aquel sándwich extraño era o no dulce. Y de aquel lapsus, estas líneas. Vaya por delante —o por el medio, que van quedando menos caracteres para esta columna— esta loa, esta alabanza. Mi oda al salado.
La infancia, ese territorio tan idealizado por algunos —entre los que me incluyo—, trae a veces imágenes muy potentes. Me veo con diez, once años llegando a la cocina y viendo que había una fuente enorme tapada con papel de aluminio. Ya no estaba caliente; mejor. Me observo levantando el papel y descubriendo decenas de empanadillas de tomate y atún. La risita tonta; están todos entretenidos por casa y, como era costumbre, me lanzo a comer una a escondidas. Si luego las cuentan y falta una, que no se me olvide aguantarme la risa. Le doy con los ojos cerrados un primer bocado y de repente se me cae el mundo a los pies: no recuerdo un bajón mayor, había olvidado que era víspera de Navidad y que lo que tenía delante eran los pastelitos de boniato que todos los años reinaban en las sobremesas. No tragué, por supuesto. Y aquel día decidí, o eso quedará escrito en esta breve fábula, que siempre defendería al salado por encima del dulce. Y más después de este disgusto.
Un plato de espaguetis con tomate, longanizas con pimientos y mayonesa, tortilla de patata, una paella valenciana, pastel de salmón, fideuá de marisco, pizza barbacoa, una hamburguesa completa, ensaladilla rusa, jamón, escalivada, unos nachos, alitas de pollo, queso semicurado, sardinas a la brasa, un bocadillo de sobrasada, paté, gildas, patatas fritas, un huevo frito. Un huevo frito, por Dios. La RAE, para definir los colores, siempre empieza con dicho de un color: del azul, «semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado»; del rojo, «semejante al de la sangre o al del tomate maduro»; del verde, «semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda». Si tuviéramos que decidir a qué se asemeja lo que uno experimenta al probar alguna de las delicias enumeradas, deberíamos recurrir al ya manido símil de alcoba. Pero estamos en la mesa y hay que guardar cierta formalidad. Feliz lunes y feliz semana. Por si quedaba alguna duda, hoy tampoco quiero postre.
Redactor jefe de Andén.