Capitán, no perdamos el timón

Si se preguntara al conjunto de la sociedad cómo definiría el concepto de ciencia, probablemente la respuesta no nos sorprendería demasiado. Desde luego, aparecerían definiciones como: «Sí, lo que hacen esos que van con bata blanca, gafas y tarros que echan humo»; o quizá: «Pues eso, lo de los átomos y las bolitas». Tal vez incluso escucharíamos ocurrencias como: «La ciencia es uno de los quesitos necesarios para ganar al Trivial». Y finalmente, en algún alarde de sinceridad, alguien terminaría diciendo que la ciencia es una asignatura que, a él, nunca le ha servido para demasiado.

Por supuesto, esta es una simplificación burda y poco afinada de la imagen que proyecta la sociedad. Sin embargo, lo que sí es tangible y cuantificable es que, de acuerdo con la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología 2024, realizada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, el interés por estas temáticas entre los hombres alcanza el 18,3 %, mientras que entre las mujeres se sitúa en el 8,6 %. Es decir: apenas catorce de cada cien españoles manifiestan algún interés por esta rama del saber.

La reflexión que surge entonces es inevitable: ¿esta realidad en la que vivimos es benigna o, por el contrario, este velo cosido con puntadas de indiferencia aparentemente inocente oculta algo más?

 O, planteado de otra manera: ¿que gran parte de la población perciba la ciencia como un elemento exógeno, ajeno a su vida cotidiana y alejado de su realidad diaria es simplemente una circunstancia pasajera o el primer síntoma de una enfermedad irreversible?

¿Esta realidad en la que vivimos es benigna o, por el contrario, este velo cosido con puntadas de indiferencia aparentemente inocente oculta algo más?

Sigamos avanzando para averiguarlo.

El origen de todas las disciplinas que componen la ciencia es una construcción humana; una creación elaborada por nuestra especie que, en cualquiera de sus ramas, se sostiene sobre tres pilares fundamentales: observación, experimentación y razonamiento. Y todos los lectores de esta revista, como seres racionales, sabemos que somos la especie que ha desarrollado esta capacidad de una manera más sofisticada. Precisamente por ello, entre otras muchas habilidades, nos otorgamos a nosotros mismos el ascenso evolutivo desde Homo erectus hasta Homo sapiens.

Desde nuestros orígenes, esa capacidad de razonamiento nos ha llevado a manipular y transformar materiales hasta niveles extraordinarios, así como a crear tecnologías que han revolucionado no solo nuestra forma de trabajar, sino también —especialmente en los últimos años— nuestra manera de relacionarnos entre nosotros. Primero llegó internet. Después tomaron la delantera las redes sociales y, junto a ellas, la inteligencia artificial.

Hasta aquí podría decirse, en términos generales, que la evolución ha permanecido más o menos bajo control. Naturalmente, el camino no ha sido llano; baste recordar que los derechos humanos no fueron precisamente el eje vertebrador de buena parte de esta transición.

Y es precisamente en este punto concreto de la historia donde conviene detenerse y observar. Porque comienzan a perfilarse dos síntomas nuevos que apuntan hacia un posible punto de inflexión en nuestra edad contemporánea: eso que los matemáticos describen como un cambio significativo y definitivo en la tendencia de un proceso.

Aunque, personalmente, me resulta más sugerente la acepción literaria: ese momento crucial, ese giro inesperado o esa decisión trascendental que obliga a la trama a avanzar en una dirección completamente nueva. Lógicamente, la protagonista es la inteligencia artificial.

Una evolución informática con un potencial tan abrumador como difícil de gobernar. Hasta ahora, los grandes avances tecnológicos habían respetado —aunque solo fuera de manera aproximada— dos premisas fundamentales: por un lado, que la sociedad pudiera adaptarse a ellos, con mayor o menor esfuerzo; y por otro, que sirvieran para sustituir o mejorar tareas que históricamente había desempeñado el ser humano, pero sin invadir aquello que considerábamos exclusivamente nuestro: la capacidad de razonar.

La protagonista es la inteligencia artificial: una evolución informática con un potencial tan abrumador como difícil de gobernar

Plot twist. Ese “siempre” se ha terminado.

Y con ello aparece el segundo síntoma.

Hace menos de un lustro, la figura del informático ocupaba uno de los lugares más codiciados del mercado laboral. Era el perfil más buscado, la garantía de futuro, el billete hacia un sector aparentemente inagotable. Hoy, sin embargo, el escenario empieza a dibujarse de forma muy distinta.

La irrupción de la inteligencia artificial ha obligado a reconfigurar un sector entero en menos de dos años. Y eso, en términos empresariales, equivale a dar un volantazo conduciendo a trescientos kilómetros por hora: una maniobra brusca, vertiginosa y con consecuencias todavía difíciles de calcular.

Los datos empiezan a confirmarlo. Según un informe elaborado por InfoJobs y Esade, las vacantes vinculadas a nuevas tecnologías que no requerían experiencia registraron en 2025 una caída del 41 % respecto al año anterior. Traducido a cifras concretas: cerca de seis mil ofertas menos.

El dato no es menor.

Porque apunta directamente al eslabón más vulnerable de la cadena: quienes estaban empezando. Quienes buscaban su primera oportunidad. Quienes iban a entrar al sistema para aprenderlo desde dentro y, con el tiempo, sostenerlo.

Y ahí es donde la escena se vuelve inquietante.

Porque la inteligencia artificial no ha irrumpido únicamente como una herramienta creada para asistirnos; empieza también a ocupar el lugar de quienes debían aprender a construir el futuro tecnológico. La creación comienza a disputar el espacio de quienes la hicieron posible.

El hijo que mata a los padres.

Cada vez esto se va pareciendo más al mito de Edipo: aquello que nace de nosotros, alimentado por nuestra inteligencia y nuestro progreso, termina enfrentándose a quien le dio origen.

No desde la violencia ni desde la ficción distópica que tantas veces imaginó el cine, sino desde algo mucho más silencioso y real: la transformación acelerada del trabajo, del conocimiento y de nuestra posición dentro del propio sistema que hemos diseñado.

Y es aquí donde conviene ser crudos. El problema no aparece cuando una tecnología avanza, sino cuando dejamos de preguntarnos hacia dónde lo hace y al servicio de quién. Cuando el ser humano deja de ocupar el centro de la ecuación. Cuando la eficiencia se convierte en un fin en sí mismo. Cuando los recursos y las prioridades terminan organizándose de tal forma que resulta más sencillo optimizar la entrega de un paquete en cuestión de horas que garantizar la llegada inmediata de una ambulancia a quien la necesita.

Es precisamente entonces cuando la brújula empieza a desviarse del norte.

Porque si la ciencia y la tecnología han sido siempre el motor que nos ha empujado hacia delante, ahora nos encontramos ante una paradoja inquietante: avanzamos más deprisa que nunca y, sin embargo, cada vez resulta más difícil saber quién sostiene realmente el timón.

Pies quietos.

Es precisamente aquí, en este momento de rabiosa actualidad, donde nace Radar: el título que da nombre a la sección más empírica de Andén.

Un espacio que contará con la participación de grandes profesionales de distintas disciplinas y que arrancará analizando algunos de los sectores que hoy están experimentando las transformaciones más profundas. Lo hará revisando las bases científicas que nos han traído hasta este punto, observando el presente con espíritu crítico y deteniéndose allí donde merezca la pena comprender qué está ocurriendo y hacia dónde nos dirigimos.

Todo ello con un objetivo principal: actuar como un fármaco capaz de despertar ese interés que quizá ya estaba ahí, latente, esperando su momento. Y, sobre todo, con la intención de situarnos de nuevo a nosotros —las personas— como timoneles del barco.

Porque, en ocasiones, despertar el interés del lector por este maravilloso mundo no requiere esfuerzos titánicos. A veces basta con acercar la ciencia un poco más, hasta situarla a la misma distancia a la que ahora mismo se encuentra su smartphone.

Con eso nos daríamos por satisfechos.

Bienvenidos.

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