El asfalto que arde

«Voy a empezar diciendo algo». Eso me digo a mí misma antes de lanzarme a escribir.

Todo empieza por algo —me digo también—. Además sé de lo que quiero hablar, lo tengo claro, hay un motor, una pulsión de contar. Pero para llegar ahí, voy primero a otros sitios, pongo la mirada en el afuera. Mirar hacia fuera siempre me da vértigo.

Del tema del que os quiero hablar, también me da vértigo. Pero ese, de momento, no es el tema. El tema es otro, el tema es lo de afuera. Las cosas que ocurren, las cosas que pasan, lo desconocido, que bien podría ser la mirada amable que cruzas en un andén, la vía láctea, las expectativas, los viajes que nunca harás, la incertidumbre…

A veces me descubro a mí misma viendo las cosas desde otro plano. Desde la estratosfera, por ejemplo. La tierra gigante, los astronautas flotando, las órbitas, el sol, la luna, los planetas… todo eso está por ahí y yo también estoy. Estoy. Estoy ahí.

Estoy aquí. Y con eso basta. Yo también floto y me quedo un rato pensando en esa mota de polvo en medio del ruido, en cómo se hace para estar en este mundo, para estar presente, en si existir es suficiente, en cómo se pasa de querer flotar a estar pisando el asfalto que arde, al individualismo en las calles, a los gritos, los audios de whatsapp, los mails sin contestar, el IPC, la declaración de la renta, las redes sociales, encajar en un modelo, el IRPF, currar en una escuela de verano, la gasolina y sus gasolineras, las cucarachas, conducir mientras hablo o hablar mientras conduzco, un pitido, descongelar el tupper de mi madre, respirar, otro pitido, dormir al menos 6 horas… O todas esas cosas que pasan y que no sé poner en palabras.

Cómo se hace para estar en este mundo, para estar presente, en si existir es suficiente, en cómo se pasa de querer flotar a estar pisando el asfalto que arde, al individualismo en las calles

Mientras escribo esto pienso que estoy más cerca de llegar al tema, de llegar a ese vértigo del que hablaba antes. Pienso que ya me queda menos, que seguro que sabré explicarme o que alguien habrá llegado hasta aquí, hasta esta línea, leyendo esto que parece una locura pero que de alguna forma, tiene sentido para mí. De alguna manera incluso me permito pensar que tendrá sentido para alguien más. Me permito pensar también que este caos también tiene sentido. Que todo tiene sentido. Que por algo estoy escribiendo un sábado por la mañana sin tener nada que hacer después y no un miércoles a las 20:00 después de currar todo el día. Me doy cuenta de que llevo 448 palabras escritas y que todavía no he llegado al tema del que yo venía a hablar.

Esto es por algo -me digo-. Y claro que es por algo, es porque para pararse a pensar en lo que una quiere decir, necesita tiempo. Tiempo. Tiempo. Y tiempo precisamente es lo que no se tiene en un mundo en el que todo va tan rápido, en el que las muecas cambian, las calles cambian, los moldes cambian, los trabajos cambian, los alquileres cambian, el turismo cambia, las amistades cambian, los sueldos cambian y voy a parar ya porque creo que la repetición como mecanismo de estilo y de despliegue narrativo ya se ha entendido. Pero, me entendéis, ¿no? Entendéis a lo que me refiero, ¿verdad?

Voy a recoger cable, voy a volver al inicio. Ahora tengo tiempo para volver. Llevo 591 palabras y todavía no he llegado al tema. Al vértigo. Yo creo que ya es el momento, ya estoy ahí. No tengo nada que hacer después de escribir y puedo borrar las veces que haga falta y volver a empezar. Como podréis observar, me cuesta ponerle palabras a algunas cosas. Pero aunque me cueste, le voy a poner palabras a un sitio en concreto.

Porque para pararse  a pensar en lo que una quiere decir, necesita tiempo. Tiempo. Tiempo. Y tiempo precisamente es lo que no se tiene en un mundo en el que todo va tan rápido

Os voy a pedir que lo imaginéis. Es un espacio vacío, negro y oscuro, una especie de caja con una ventana abierta. Una ventana abierta a la que asomaros. Os sentáis delante de ese espacio vacío, en una butaca bien cómoda o en una silla de plástico —todo depende del presupuesto—, apagáis los teléfonos móviles si de verdad estáis comprometidas con la causa, y si no, los ponéis en modo avión o en silencio. Si hace frío, la calefacción está en la temperatura perfecta. Y si hace calor, el aire acondicionado bien podría ser el aliento de un oso polar. Con el cuerpo ya atemperado, os acomodáis en ese lugar en el que estáis sentadas y hasta aquí llega vuestra misión.

Ahora tenéis que imaginar lo que ocurre en el otro lado. El otro lado se sitúa también en la oscuridad, pero no en una butaca o en una silla de plástico, se sitúa justo delante vuestra. Se sitúa en el escenario. En una chica de 30 años, que escribe artículos como buenamente puede, que lleva 795 palabras intentando ponerle palabras al vértigo y que ahora, delante de toda esta gente no sabe qué decir. Cuando esa chica de 30 años o cualquier ser humano pisa ese espacio vacío llamado escenario, pueden pasar muchas cosas.

Una mano sudada, aliento seco y a veces maloliente, corazón a punto de explotar, manías repentinas, pérdidas de memoria, hiperhidrosis en zonas corporales que no sabías que existían, miradas nuevas, palabras nuevas, sensaciones nuevas y el tiempo. El tiempo que se deposita firme y certero. El tiempo para decir muchas cosas y que te escuchen. El tiempo y el silencio. El poder hablar y tener el foco. El poder de decir lo indecible. El tiempo para hablar y para escuchar. El tiempo de tener tiempo y de hacer cosas con él. Tiempo para hablar del pasado, del presente y del futuro. Tiempo para construir otras cosas. Tiempo maleable. Tiempo para crear otro tiempo. Otro presente que durará el tiempo que dure esta función. Esa pequeña cápsula que se ha generado entre vosotras y yo.

El poder de decir lo indecible. El tiempo para hablar y para escuchar.
El tiempo de tener tiempo y de hacer cosas con él. Tiempo para hablar del pasado, del presente y del futuro

La chica de 30 años que escribe artículos como buenamente puede, sigue ahí, delante de vosotras, sin saber muy bien qué decir. Sabe que lo que siente ahora mismo es una mezcla de muchas cosas, es el vértigo. Es la suma del asfalto ardiendo, los planetas, hacienda, los astronautas flotando, los mails sin responder, las 1021 palabras escritas que ya son 1030 ahora, el querer ser actriz y cotizar mucho, pero MUCHO, el saber que se podrá jubilar algún día y que morirá tranquila sabiendo que su camino se ha recorrido satisfactoriamente. La chica de 30 años que ya conocéis un poco sabe que tiene que hablar. Y habla. Y dice: «Voy a empezar diciendo algo».

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