La pregunta clave ronda nuestra cabeza y está presente en nuestras decisiones diarias. Hemos cambiado crecimiento, asombro y espíritu de indagación por inmediatez y practicidad, asistiendo ya no solo a la transmutación de los valores, como diría Nietzsche, sino a su defunción. Enterrados con prisa y de manera brusca, la sociedad líquida no nos ha dado ni siquiera el tiempo para velarlos.
La primacía de lo útil frente a lo que vale es la nueva moda, y el peor de los augurios es que ha venido para quedarse. El ser humano tiene la capacidad de adaptar el entorno a él, en lugar de adaptarse, de configurarlo, de crear. Es uno de los rasgos que nos diferencian del resto de animales. Como ya afirmaba Hannah Arendt, lo que nos define es la acción, es decir, la posibilidad de irrumpir en la continuidad del mundo para dejar huella en él. Esa acción de la que habla Arendt está presente en los discursos que emitimos y con los que nombramos aquello que hay presente en nuestra sociedad, en la manera de visibilizar las desigualdades para corregirlas, en las decisiones del día a día, y también en aquellos actos que mejoran el entorno y lo cambian. Arendt diferenciaba tres puntos clave: labor, trabajo y acción. Labor: el modo de a través del cual cubrimos nuestras necesidades biológicas, trabajo: nuestra forma de crear y producir. Finalmente, acción: la manera de participar activamente de la vida, de dejar huella en nuestra interrelación con los demás configurando un entorno común en el que nos reconocemos. La acción supone el ámbito de la libertad, del reconocimiento y de la dignidad. No obstante, este tercer punto parece haber sido dejado atrás y los dos primeros parecen haberse priorizado.
Para poder actuar, el ser humano requiere de valores con los que identificarse, reconocerse en el entorno y ser en él. Estos valores pueden ser abiertos, pero requieren de un consenso y un reconocimiento. Requieren de ser parte del entorno para que así nos sintamos plasmados en él. Si esos valores cambian constantemente (si no son reconocidos o si se vuelven frágiles) como su nombre indica, dejan de valer, pierden su capacidad y devienen moda, fluidez. Los valores siempre han sido la brújula que nos permite entender con qué nos identificamos, qué nos mueve, y, por ende, cómo actuar. Estos forman parte de nuestra identidad y, a su vez, de la identidad como humanidad, como sociedad humana.
Si esos valores cambian constantemente, si no son reconocidos, como su nombre indica, dejan de valer, pierden su capacidad y devienen moda, fluidez
Podemos derivar, entonces, que una sociedad sin valores es una sociedad deshumanizada. Pero ¿cómo nos definen los valores?, ¿cómo aprendemos y plasmamos los valores? Como bien afirmaba Erich Fromm, el ser humano busca identificarse con su entorno para sentirse realizado en él, es una necesidad humana. Pero el aprendizaje de aquello con lo que nos identificamos es un proceso complejo que implica el desarrollo de nuestras capacidades. La posibilidad de relacionarme libremente con mi entorno, la comprensión de mis emociones que me indican y alertan de aquello que me hace sentir parte del mundo en el que me desarrollo, la posibilidad de sentir sin estar condicionado. Ander-Egg afirma que «un valor es lo que vale», una afirmación que parece simple pero que esconde algo clave: un valor es aquello que la sociedad reconoce, que hace valer, que permite que me identifique con ello y sienta que mediante su realización, me realizo yo también. Un valor guía mi conducta y guía a la sociedad a su desarrollo.
Por eso hablar de valores como dignidad, libertad o igualdad no es hablar de palabras vacías, es hablar de identidad, de humanidad. Pero también es algo que se desarrolla en relación con los demás, en el reconocimiento, que se siente y con lo que siento, como bien expone Sara Ahmed. Cuando Ahmed define el duelo colectivo, la capacidad de nombrar una pérdida y hacerla valer en conjunto, como algo que implica crear vínculos, reconocimiento, lazos, identificación, expone la importancia de valorar críticamente, pensar, sentir con los demás, para construir como sociedad. Por eso, valores como dignidad, igualdad y libertad se desarrollan y construyen en sociedad, en el sentir conjunto, en las acciones. Porque cuando alguien rompe el valor de la dignidad humana, algo se rompe dentro de nosotros. Cuando alguien comete una injusticia, algo nos hierve en nuestra sangre. Una sociedad irreflexiva es incapaz de desarrollarlos.
La sociedad actual es un ente que exige eficiencia y rapidez. Estas dos cualidades se han convertido en los pilares de lo que Zygmunt Bauman ha bautizado como la sociedad líquida, enterrando así toda posibilidad de sentirse identificado con el entorno, de encontrar aquello en lo que sentirse realizado. Una sociedad que consume constantemente para mantener el ritmo frenético de producción, que devora propiedades, cultura e incluso relaciones con el afán de encontrar algo que apenas se vislumbra ya se está desvaneciendo. Como bien afirma Bauman, «los logros individuales no pueden solidificarse en bienes duraderos porque los activos se convierten en pasivos y las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos».
El gran dilema es que la dimensión de la dignidad humana se ha perdido en este fluir constante. ¿Qué pasa si no se nos enseña a valorar?, ¿y si todo lo que aprendemos es a utilizar, exprimir y tirar? El entorno se vuelve algo hostil y el pacto social se convierte en la ley del más fuerte, donde de lo que se trata es de comer para evitar ser comido. Lo podemos observar en el usar y tirar de cultura, relaciones, y personas con el fin de “hacernos valer”: love bombing, ghosting, capitalismo feroz, cultura del consumo…
Si perdemos nuestra capacidad crítica permitimos que sean otros quienes configuran la sociedad en que vivimos. Permitimos que esa capacidad de actuar que nos define, de crear y de configurar, recaiga en manos de otros, y nos convertimos en meros observadores. La banalidad del mal es algo que acecha en cada pequeña acción que hacemos sin pensar, en cada rol que reproducimos cuando nos relacionamos con los demás, en cada palabra que emitimos a modo de sentencia sin pensar en las consecuencias. Es por este motivo que debemos invertir la gran pregunta, no se trata de plantearnos para qué sirve sino por qué sirve. Por qué sirve, es decir, si nos vale (si es un valor, si nos identificamos con ello).
El gran dilema es que la dimensión de la dignidad humana se ha perdido en este fluir constante. ¿Qué pasa si no se nos enseña a valorar?
Para que esto sea posible no debemos hablar simplemente de la razón, sino de las capacidades que nos hacen humanos, que nos permiten ser en el mundo, darnos voz. Como bien expone Martha Nussbaum, se trata de ciertas capacidades que nos permiten desarrollarnos y crecer, capacidades que nos forman y que deberían respetarse bajo cualquier circunstancia, asumiendo el imperativo categórico kantiano. Hablamos de la capacidad de relación (porque nos permite comprender, expresarnos, ser reconocidos e identificarnos con los demás), el acceso al entorno (porque somos y nos plasmamos en el entorno, urbano, social, político, familiar y por ello debemos poder comprenderlo y expresarnos en él) y la integridad tanto física como psicológica (porque somos a través de nuestras emociones, sentimientos y nuestro cuerpo).
Una asignatura como valores éticos, como filosofía, nos prepara para comprender que el crecimiento y el desarrollo son derechos con los que nacemos, pero que requieren del compromiso y la participación social para poder darse. Por este motivo, no se trata de plantearnos para qué sirven las cosas, el aprendizaje, el valor. Se trata de valorarlos en sí mismos, de entender por qué sirven. Virginia Wolf afirmó que toda mujer debería tener una habitación propia. Esta metáfora potente debería aplicarse a la sociedad. Toda persona debería tener acceso a la participación en su entorno, toda sociedad que respete los derechos humanos debería ser ese espacio de expresión, de relación, de escucha. La ética y los valores deberían ser el pilar que haga de nuestra sociedad esa habitación propia para toda persona.
Referencias bibliográficas:
Ahmed, S. (2019). La política cultural de las emociones. México: Fondo de Cultura Económica.
Arendt, H. (2005). La condición humana. Barcelona: Paidós.
Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Fromm, E. (2014). El miedo a la libertad. Barcelona: Paidós.
Kant, I. (2002). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid: Alianza Editorial.
Nussbaum, M. C. (2012). Crear capacidades: Propuesta para el desarrollo humano. Barcelona: Paidós.
Nietzsche, F. (2011). La genealogía de la moral. Madrid: Alianza Editorial.
Woolf, V. (2013). Una habitación propia. Barcelona: Lumen
