Reportaje | NO VOLVERÉ A USAR «COMIC SANS»

Que es la tipografía más conocida del mundo es una verdad a medias. Se ha disputado el primer puesto con Times New Roman, la reina del canon, en más de una ocasión a lo largo de estas décadas. Parece que uno pueda subirse a ella y tirarse como si estuviera en un tobogán o en un parque de atracciones. Es festiva, invita a la celebración. Y es que es la tipografía más divertida, lejos de la sobriedad de Arial o el estilo de esta revista, Merriweather.

Una mañana a las ocho en la que uno decide ir a darse un baño a la playa, al salir a la superficie podría encontrarse con que el sol irradia sobre las olas, ligeras.  Desde el horizonte, a nado rápido, se podría acercar como un vendaval y, conforme avanzase, la veríamos con claridad. Sin una gran sorpresa, nos la encontraríamos: ahí estaría ella. Lo extraño sería que se le ocurriese entrar al mar a Bernard MT Condensed: tan columnar, uno se imagina a esta última caminando por el Panteón en Roma, en todo caso.

Por eso nadie grita al ver aparecer a la protagonista de este reportaje,  cuyo uso en determinados contextos ha generado debates en torno a su capacidad de convicción. Desde 1994, año de su lanzamiento, nunca ha pasado desapercibida. Esta es la historia de un tipo de letra: fama y ocaso de Comic Sans. La vida misma.

~ a. C. (antes de Comic)

La necesidad de plasmar mensajes viene de lejos. De las tablillas de arcilla al papiro, pasando por el pergamino y, más tarde, con la llegada del papel, nunca hemos abandonado la necesidad de transmitir ideas que escapasen de lo efímero. Si bien es cierto que la necesidad comunicativa siempre ha acompañado a la escritura, pronto apareció también la voluntad artística: no solo el mensaje cuenta, sino también la forma en la que se dice. Y, dentro de esa forma, de esos modos, la expresión artística también encuentra cabida en la tipografía, esto es, en la letra empleada y su belleza, con la base en la legibilidad.

Hay una fecha clave a. C., y es la invención de la imprenta alrededor de 1440 por parte de Gutenberg. En ese contexto, donde ya comienzan a difundirse libros de diverso género y condición, el estilo en que se imprime será importante, marcará un hecho diferencial. Así, se comenzarán a hacer reconocibles algunas imprentas gracias a sus caracteres.

Las críticas sobre nuestra escritura vienen de lejos: «tener buena letra» es una cualidad que no ha pasado de moda. Se asocia siempre un trazo poco legible a la infancia, al período en que uno aprende a escribir. Pero, a partir de cierta edad, pasa a ser un elemento que forja también la identidad, la personalidad. «Esta libreta es de Fulanito», «esta agenda es de Menganito, es su letra». Pocas expresiones más bellas que «es su letra», de modo que el individuo pasa a tener no solo unos padres, un rostro, unos andares, sino también una letra.

Uno desarrolla, pues, una grafía que, habitualmente, evoluciona a lo largo de la adolescencia, se distorsiona en la etapa formativa (en la universitaria, si la hay, sobre todo) y ya comienza a dar signos de estabilidad en la madurez. Digamos que a partir de los veinticinco la letra cambia poco. Incluso en este ámbito aparece el sesgo de género: «tiene letra de chica», entre otros.

De la necesidad, como decíamos, virtud: tener que imprimir textos con eficacia y empezar a lidiar con la competencia fue favoreciendo poco a poco el desarrollo de tipografías más refinadas. El italiano Giambattista Bodoni (1740-1813) fue conocido como «príncipe de tipógrafos e impresor de reyes». La viuda de Bodoni, en el ‘Prefacio al Manual de Tipografía’ de su marido, señala que «este arte es el más útil de los inventos del hombre, pues propaga con rapidez todos los demás descubrimientos». El propio Bodoni comenta que «la belleza reside en esa adecuación a nuestra capacidad visual que hace que una edición se lea mejor que otra, pues una determinada proporción, armonía y nitidez de las partes deleita la mirada».

Así, el tipo de letra desarrollado por Bodoni es considerada una de las primeras fuentes modernas: fue el culmen de trescientos años de evolución de la tipografía romana. Desarrollada con la técnica del siglo XVIII (punzones de acero que, luego, se estampaban en una matriz de cobre y, sobre ella, se vertía metal fundido que, al enfriarse, daba lugar a la letra), ha pasado a la historia de este arte tan singular.

~ Génesis

Fueron pasando los siglos y la técnica fue evolucionando. Nos situamos en los ochenta del siglo pasado, cuando los ordenadores personales entraron en las casas, en los institutos, en las oficinas. A mediados de los setenta se fundan Microsoft y Apple, los dos grandes titanes de la tecnología. Nada nuevo en Dinamarca: el desarrollo de una tecnología, del mismo modo que sucede a mediados del siglo XV con la imprenta, conlleva la aparición de empresas que aspiran a desarrollarla. Aquí vemos, como en tantas otras ocasiones, que el contexto cambia pero las historias se repiten.

En ese momento, se gesta una de las tipografías más famosas de la era de internet. No vino en cigüeña. Hubo alguien que la creó: la tuvo primero en las tripas y, más tarde, la alumbró. Se trata de Vincent Connare (Boston, 1960), padre fundador, diseñador gráfico que hace 32 años creó este fenómeno: la Comic Sans, cuyo nombre ya es una declaración de intenciones, ‘sans’ porque carece de remates, de adornos (de serifas), y ‘comic’ porque desde el principio quiso imitar la letra de las viñetas. De ahí su movimiento, su carácter festivo, dinámico.

Según cuenta Connare en una charla que ofreció en 2013 en Diatipo, el principal encuentro brasileño sobre tipografía que reúne a especialistas de todo el mundo, Windows era un entorno muy peculiar en lo que respecta a los tipos de letra. Los problemas en su legibilidad y, sobre todo, en su diversidad (para hacerla más grande, al principio, hacía falta descargar más paquetes en el ordenador) hicieron que la compañía (y sus ingenieros, entre ellos Connare) repensase la tecnología para lograr que las distintas tipografías se cargasen en toda su extensión y pudiesen emplearse.

El siglo XX es muy curioso, por tantos motivos: comienza con la explosión de las máquinas de escribir y termina con la irrupción de los ordenadores portátiles. Las tipografías, en sus primeras décadas, por tanto, venían dadas. Junto a la letra de cada uno, las cartas y escritos de generaciones tienen una imagen muy clara: el tipo existente en las máquinas de escribir Olivetti, que forma parte de la iconografía de una época en la que no había elección. Frente a esa primacía, los ordenadores democratizaron este ámbito y crearon el desplegable de tipografías que todos conocemos. Es ahí donde el usuario experimenta otro cambio: pasa a tener a su disposición un amplísimo catálogo de tipos de letra entre los que puede escoger. Y surge, pues, una nueva oportunidad identitaria: junto a la grafía personal, existe la posibilidad de ser reconocible, también, por emplear un tipo distinto al del resto en el ordenador.

En este contexto, los ingenieros como Connare cambian por completo su perspectiva: el técnico de Boston señala con claridad que «las fuentes son software, no arte», y explica cómo desde Microsoft emprendieron la tarea de emplear mapas de bits para reproducir en los ordenadores desde la icónica Bodoni hasta la popular Tahoma.

Un día, Connare recibe Microsoft Bob, una nueva funcionalidad que permitiría a los usuarios novatos iniciar su andadura en el ordenador de una forma sencilla: se podía preguntar a un perro por una duda y él la intentaba resolver. Es lo que hoy hacemos con Chat GPT. De nuevo, nada nuevo bajo el sol.

Junto a la letra de cada uno, las cartas y escritos de generaciones tienen una imagen muy clara: el tipo existente en las máquinas de escribir Olivetti

Connare, que recibió esta novedad con cierta ilusión, se llevó las manos a la cabeza cuando vio que el perro hablaba en Times New Roman. Entonces, tuvo el impulso de crear una tipografía que encajase en este contexto divertido en que Bob ayudaba al usuario a encontrar, por ejemplo, el procesador de textos.

Tomando como base la letra de los cómics, sin adornos, nace en 1994 Comic Sans. Como el sistema le llegó demasiado tarde, Connare no pudo introducir Comic en Microsoft Bob. Pese a lo esperado, el tipo de letra no se quedó en aquella funcionalidad —que fue uno de los fracasos más sonados de la compañía, que pronto dejó a su suerte al perro Bob—, sino que se integró en el paquete de fuentes de Windows 95. Así, en el epicentro de la explosión de uno de los sistemas operativos más recordados, la fiebre de los ordenadores personales y el cambio de siglo se coló un fenómeno inesperado: Comic Sans, creada para salvar una anomalía en los bocadillos que surgían cuando el pequeño Bob hablaba, pasó a formar parte del catálogo de tipografías al alcance de cualquiera en su computadora. Si los ordenadores estaban por todas partes, Comic Sans también lo estaba. Y, así, emerge uno de los fenómenos más polémicos de la era digital, viral desde su nacimiento.

Un extracto de The Olivetti Pattern Series Notebook.

~ Infancia y desarrollo

Desde pequeña, huyó siempre de seriedades y solemnidades. Como creció rodeada de animales, se contagió de ese carácter entusiasta que caracteriza a los canes. Así, en sus primeros años de vida, cuando el euro estaba dando sus últimos retoques antes de su implantación, llegó el encargo de incorporar su símbolo a todas las tipografías del catálogo. Esto generó un intenso trabajo de diseño; fue un reto creativo en el filo del milenio.

«When I had to make the euro, I’ll have a bit of fun with her. So, this looked like a head, so I put an eyeball in it»: así cuenta Connare cómo Comic no pudo crear un euro convencional sino que, al ver cómo quedaba el símbolo de la nueva moneda europea, decidió colocar un ojo en uno de sus extremos. Y, del mismo modo que la dirección del colegio llamaba a tus padres cuando te portabas mal, la Unión Europea levantó el teléfono para advertir a Microsoft University de que el ingeniero de Boston y su letra habían ido demasiado lejos.

Al pasar del colegio al instituto, su padre pensó que era el momento de que se apuntase a un deporte y dejase de estar todo el día jugando a la PlayStation en casa. Ese fue otro de los hitos en la adolescencia: la decisión estaba entre hockey o béisbol, pero la letra sin serifas tenía en mente otro de sus números para mostrarle a su padre (y al mundo) a qué quería jugar.

«In this fall… this is very tough… in this fall I’m going to take my talents to South Beach and join the Miami Heat»: esta frase, pronunciada por el jugador estadounidense LeBron James en el verano de 2010 marca un antes y un después en su carrera. En un programa de televisión especial titulado «La decisión», la estrella del baloncesto norteamericano anunció que dejaba a los Cleveland Cavaliers para fichar por el Miami Heat.

La respuesta por parte del equipo de sus últimos éxitos, el Cleveland, no se hizo esperar. Rápidamente cogió el ordenador su accionista mayoritario, Dan Gilbert, y preparó una misiva que se difundió en todos los medios de comunicación de masas. Se le veía exaltado, enfadado no solo por la noticia, sino por el modo en que había sido retransmitida. El jefe de los Cavaliers llegó a decir de LeBron que era un «narcisista» y «egocéntrico». La respuesta de la NBA no se hizo esperar, y la entidad multó a Gilbert con 100.000$ por expresarse de ese modo contra el jugador. Pero no atisbó el detalle que todos comentaron: la carta estaba escrita en Comic Sans que, de ese modo, aprovechó para anunciar a su padre cuál era el deporte en el que había decidido poner todos sus esfuerzos. El mito permanece: nunca se supo si la sanción fue tan elevada por culpa de la joven Comic.

Tras una adolescencia donde siguió fomentando su rebeldía, una noche se sentó en la mesa a cenar y el creador de Boston le preguntó si se veía yendo a la universidad. La amiga del perro Bob, olvidado tan pronto, sorprendió por su contundencia: «voy a estudiar Física». Su progenitor sintió un escalofrío por el cuerpo, se quedó mudo y asintió.

Dos veranos después, a principios de julio de 2012, un largo aplauso se escuchó en una sala abarrotada por científicos en el CERN, el laboratorio de física de partículas por excelencia, situado en las afueras de Ginebra (Suiza). De la mano de Fabiola Gianotti, la directora del programa ATLAS en el CERN, se anunció a las nueve de la mañana el descubrimiento de una nueva partícula, que consistía en el tan buscado bosón de Higgs, que podría explicar por qué tienen masa las cosas en el universo.

La noticia fue recogida a nivel mundial y, en plena era de internet, todos los científicos pudieron seguir la retransmisión en directo de la ponencia. Las caras de felicidad de los asistentes, incluso las lágrimas de algunos, marcaron un día que ocupará un espacio importante en la historia de la ciencia.

Al mismo tiempo, la conversación pública —el estado de opinión, que suele decirse— puso la vista en otra de sus protagonistas: la joven Comic Sans que, recién iniciada su andadura universitaria, se sumó al grupo dirigido por Gianotti. Todas las diapositivas donde se anunció el descubrimiento estaban escritas en la tipografía de Vincent Connare. Sobra decir que este detalle también dio la vuelta al mundo. «They’re not stupid people», comentaba el de Boston sobre quienes eligieron a su hija para este encuentro científico de primer nivel.

Una de las últimas diapositivas proyectadas el 04/07/2012 durante la presentación del Bosón de Higgs. [Fuente: YouTube]

Y por supuesto el amor, aunque parecía que nunca lo haría, terminó llamando a su puerta. Holly y Dave, de Indianápolis, se encontraron en una sinagoga y, según cuentan a la cadena CBC, se sintieron atraídos de inmediato el uno por el otro, ambos diseñadores gráficos. Holly consiguió pronto un trabajo como coordinadora de la galería en un museo de la capital de Indiana. Le anunciaron que toda la exposición, incluidas la guía y el acto inaugural, debía emplear la polémica Comic. Ella, que llevaba cuatro años de su vida obsesionada por los tipos de letra, cogió un enfado monumental.

Al contárselo a Dave, se produjo el auténtico flechazo: ambos crearon el movimiento «Ban Comic Sans», que abogaba por su prohibición. Pronto firmaron un manifiesto, crearon camisetas, etiquetas y, como era de esperar, su página web se vio desbordada. Un tipo de letra les unió y todavía hoy siguen casados, a pesar de Comic.

El logotipo de la campaña para la prohibición de Comic Sans. [Fuente: Google]

~ Horas bajas

Contaba Maruja Torres en una charla en 2018 que vio una serie sobre rugby en una plataforma. Y decía la periodista que se encontró en un capítulo con un momento donde el entrenador, que hace las veces de narrador, dice tras un acontecimiento grave: «tarde o temprano a todos nos llega la caída».

La cultura pop —y es que esta tipografía es más un artefacto cultural que otra cosa— ha sido denostada en muchas ocasiones por las élites culturales, sobre todo por la crítica. De esa forma, en diversos ámbitos (cine, música, televisión) se viene estableciendo una línea que divide lo que es digno de ser consumido frente a la cultura basura. Este fenómeno ha producido un efecto inverso: por tratar de ser rompedores y de aspirar a marcar una diferencia, desde algunos lugares se ha querido incluir con poco acierto ese mal llamado «elemento basura» y esto ha producido un mayor menoscabo en la percepción  del mismo.

Así, la aparición de textos diversos (una sentencia sobre un infanticidio, una autopsia —lo cuenta Pol Guasch en Relíquia, editada a principios de año en Anagrama—) escritos en la popular Comic han ido arrinconándola y convirtiéndola en bufona, ridícula, incluso malintencionada. Numerosos son los artículos que reflexionan sobre su carácter pernicioso: «Hating Comic Sans is not a personality» (The New York Times) o «What’s so wrong with Comic Sans?» (BBC), entre otros.

La tipografía que llegó de forma anecdótica
al desplegable de fuentes de Windows sigue, 31 años después, en la lista y se ha convertido en un elemento icónico

En consecuencia, el tipo que llegó de forma anecdótica al desplegable de fuentes del paquete de Windows 95 y que, 31 años después, actualización tras actualización, permanece todavía en la lista, se ha convertido en un elemento de la iconografía que sigue generando debates en diversos foros. En el ámbito educativo, hay quienes la proponen como una grafía que puede contribuir a mejorar la dislexia por carecer de serifas, cuestión que favorece que las letras no se amontonen en la lectura y, por tanto, sean más distinguibles.

Diego Areso, el director artístico del diario El País, dijo al respecto que la gente ama algo que todos los diseñadores gráficos odian. Y el padre fundador, Connare, señaló que si te encanta, es que no sabes mucho de tipografía; si la odias, necesitas un nuevo pasatiempo.

Pero siempre hay que volver a los clásicos: Bodoni, en su Manual, dejó por escrito que «tal vez sea más seguro limitarnos a decir que las letras poseen gracia cuando parecen escritas no ya con prisas o desgana, ni con afán o esfuerzo, sino más bien con amor y felicidad».

Dada la deriva alcanzada, podría llegar un día en que los niños, en catequesis, se viesen recitando los Diez Mandamientos y a uno podría escapársele: No matarás, No robarás, No volveré a usar Comic Sans. ¿Qué futuro le espera? Estaremos alerta por si vuelve a aparecer subida en una tabla en una tarde de playa, siempre dispuesta a ocupar el centro de todas las miradas.

Mientras tanto, disfrutemos del verano, con la letra que sea.

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