Los tipos duros también leen | «Mis tardes en el pequeño café de Tokio», de Michiko Aoyama

Lee el adelanto completo de la entrada que se publica mañana en el blog de nuestro columnista

Qué agradables son los cafés. En ellos nos sentimos bien con nosotros mismos, un poco a salvo de las rutinas que nos persiguen y, sobre todo, de ese calor exterior que supera los treinta y cinco grados con vocación de castigo bíblico. Ese rato de aire acondicionado se convierte en un oasis, casi en un pequeño canto a la libertad. El cuerpo se relaja; el cerebro deja de obedecer, vaga por espacios limpios, vacíos, sin trabas, y uno entiende que ha llegado el momento ideal para dejarse llevar, sonreír al camarero y pedirle un cortado del tiempo, con hielo, como si en ese gesto mínimo se concentrara una forma modesta de felicidad.

Demonizar al otro es una costumbre muy de nuestro tiempo; bueno, lo concedo, y de todos los tiempos

Mientras tanto, vemos pasar a la gente deshidratada por avenidas inmensas, jaulas ingobernables de un calor sofocante. Parece —y es así— que se derriten al cruzar la acera, y miran con ojos tristes los coches cerrados, también ellos encapsulados en su propio aire acondicionado, como nosotros en el bar. El cambio climático, el calor extremo, el debate sobre si instalar o no estos aparatos. En París, por ejemplo, asunto nacional; aunque tampoco parece que allí se hayan planteado demasiado lo de la calefacción, quizá porque hace un frío que aquí, en la costa, ni conocemos ni queremos conocer. ¿Acaso las calefacciones de los edificios no se alimentan de gas, gasoil o de otras alegrías fósiles? Pero ya sabéis: cada uno ve el cambio climático según le va en el asunto. Demonizar al otro es una costumbre muy de nuestro tiempo; bueno, lo concedo, y de todos los tiempos.

[Léela completa mañana: aquí].

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