El escritor publicó el jueves pasado en Alfaguara La víspera, una novela de 203 páginas donde se abren las costuras de una familia que no tiene nada de especial porque, como en la vida, se juega con los silencios
Manuel Jabois no tiene quien le escriba sus novelas. Ni falta que hace. La víspera, su último libro, lleva una semana en las librerías, mucho más tiempo que el que se narra en las 203 páginas que conforman el relato. En un día caben muchas cosas, y así lo entiende el escritor pontevedrés, que juega a un juego divertidísimo: esto no es la Crónica de una muerte anunciada, o sí. Que se lo digan, si no, a los conejos con los que abre la narración. Llena de matices, escrita con mucho humor, no deja escapatoria al lector: vayan, si no lo han hecho todavía, a la librería más cercana y háganse con un ejemplar. Vale la pena.

El escritor Manuel Jabois, en un retrato de Clara Salinas.
El título, clave en la tensión
El lector se pasa toda la novela intentando descifrar qué es lo que está esperando. Estamos ante una víspera, pero ¿la víspera, de qué? De algo, sin duda. Y esa es una de las claves de este libro que divierte, y divierte porque —entre otros aspectos— te imaginas a Jabois divirtiéndose mientras lo escribía.
La gente nace y muere (incluso desaparece), pero aquí lo hace de un modo singular. El escritor y columnista de El País es capaz de sorprender con pequeños giros —en acumulación, son grandes— en un relato depurado, solvente. Confesó en La Ser la semana pasada que su editora había tenido mucha paciencia con él y que, en algún caso, le había sugerido recortar algunos pasajes. Uno se imagina al de Sanxenxo teniendo que ceder para que se elimine, pongamos por caso, el capítulo en el que ahondaba en Marcelino San Amaro, y piensa que lo habría leído con gusto, pero al final esa rapidez también funciona.
Las preguntas
En la novela se dice que nadie cuestiona nada, y justo por eso avanza la acción: porque nadie pregunta. Las costuras de la familia se ven sin ambages, están abiertas de par en par, y ese es el gran logro de este libro, que está escrito con lo que predica. Lleno de silencios, es un relato coherente con el mundo en que se inserta.
Todos se conocen demasiado o, al menos, lo suficiente para no provocar un clima que rompa con la armonía establecida. Cada uno desde su palco privilegiado (un sillón, una cocina, un taxi) aporta su punto de vista. Podría parecer, en algún momento, que los personajes están desganados y se podría echar de menos cierto empuje pero, si uno se para a pensar, todos somos un poco Chami Palmeira cuando nos decimos en voz alta con una fingida ilusión: «pues a por el lunes». Aquí Jabois no escatima y si hace hablar al personaje es para que diga algo, aunque parece que ese diálogo esté disfrazado de lo contrario.
El orden narrativo
La historia está ordenada de tal manera que el lector nota que el día va avanzando, pero es otro el orden que preocupa a sus personajes y que el narrador capta con precisión: el social. Aunque los seres que aquí se nos presentan dicen ser libres, hay una constante preocupación por el ruido exterior. Lo que sucede en el «Hotel Hotel» podría ser simple si atendemos al nombre del establecimiento, pero nada más lejos de la realidad: la tertulia que allí se desarrolla podría considerarse el epicentro sobre el que se arma toda la novela. Si todo está bien el Hotel Hotel, todo está bien en nuestra vida, podría decir la protagonista.
En el mundo —el real y el novelesco—, la rutina parece ser el principal asidero. Todo lo que se sale de este otro orden es materia narrativa, y así lo lee el autor, que coloca un suceso en el centro de la trama para que hasta el vecino más casero abra la puerta y salga a ver qué pasa. Ese ejercicio, el de mirar hacia la novela, lo comparten los personajes y el lector, y en ese sentido todo se alinea.
El conflicto principal
La sospecha es el motor de La víspera: todo el mundo tiene aquí el ojo puesto en el otro, en el alrededor, porque capítulo tras capítulo estamos esperando a que pase algo, y ese algo sobrevuela el paisaje hasta que alguien se atreve a ponerlo de manifiesto. Es, entonces, en las últimas páginas, cuando el puzle cobra sentido y el lector, desde su casa, baja también el fuego a la comida para que no se queme porque no me siento en la mesa hasta que no sepa cómo acaba Amalia Constenla.
En esta obra no aparece el cuchillo de los hermanos Vicario, pero tenemos la pistola de la Constenla. Del mismo modo, Chami Palmeira no intenta «recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo», sino «la última vez que había oído reír a su hermano». Pero es otra la risa que parece seguir oyéndose desde aquí: Jabois en estado puro.
Redactor jefe de Andén.
Qué gran columna, además, no he necesitado todo un día para leerla.