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El western es un género con el que nunca he terminado de identificarme. Eso no significa que no haya visto muchísimas películas, que no disfrutara de los indios y vaqueros o que, de niño, no jugara con mis amigos y con mi hermano a las pistolas y las flechas. El imaginario norteamericano, como decía mi padre, ha ido impregnándolo todo: su visión cultural del salvaje oeste, la música pop o el jazz, su proyección política como gran imperio moderno, sus intolerables intromisiones en la vida de otras culturas, su mirada puritana sobre la religión o, quién sabe, esa necesidad de tenernos a su merced para sostener su deuda.
El imaginario norteamericano, como decía mi padre, ha ido impregnándolo todo
Todo eso lo hemos vivido y yo mismo lo sigo viviendo. Volviendo a mi padre, él sostenía que esa intromisión cultural arrinconaba las producciones propias —y en eso no coincido demasiado con él: ahí están la zarzuela, la copla o la jota, que no—, pero decía también una verdad difícil de negar: que nuestro imaginario cultural ha quedado a menudo supeditado al programa simbólico de una ficción propagandística al servicio del imperio.
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Primer columnista de Andén. Escritor, crítico literario, profesor de Lengua y Literatura españolas, de Sociología y Ciencias políticas. Enamorado de la lectura.