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El otro día, en mi tertulia literaria, una asistente dijo: «A mí me preocupa la banalización del mal», y la frase se me quedó adherida como se quedan ciertas verdades incómodas, no por su novedad, sino por su evidencia. Desde entonces no he dejado de pensar en la manera en que la sociedad moderna trata el mal, tanto en su régimen de imágenes como en su administración política y moral de la guerra. El mal forma parte de nuestra naturaleza; no lo extinguimos, apenas lo civilizamos, lo sometemos a códigos, lo rodeamos de argumentos y aprendemos así a tolerar la muerte violenta cuando se nos presenta como necesaria, aunque nos produzca pudor, rechazo o malestar.
La vida moderna es pornográfica: todo se exhibe con una crudeza obscena, entregado al hiperrealismo incontrolable
Pero, al mismo tiempo, la vida moderna es pornográfica: todo se exhibe con una crudeza obscena, entregado al hiperrealismo incontrolable de la mutilación, del desmembramiento y de cualquier otra salvajada servida como parte del menú cotidiano. El mal, repito, lo civilizamos en esa lucha interminable contra nuestra condición bárbara, porque no dejamos de ser animales enjaulados en la norma del derecho, cuando esta existe; y siempre aparece quien, en un arranque postcivilizatorio, decide volver a ser bestia, dar rienda suelta a lo bárbaro o, sencillamente, satisfacer los deseos reprimidos de esa fiera que nunca ha dejado de respirar bajo la piel.
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Primer columnista de Andén. Escritor, crítico literario, profesor de Lengua y Literatura españolas, de Sociología y Ciencias políticas. Enamorado de la lectura.