En la vida me gustó el fútbol ni me interesaron lo más mínimo las actitudes que observaba en el patio del colegio, en la urbanización donde veraneábamos o en los parques cercanos a la casa familiar. Hubo hace un par de años una historia, sin embargo, que me llamó la atención: hablo de Pablo Páez Gavira (Gavi), jugador joven del FC Barcelona que pasó toda su infancia en la Masia —la escuela de preparación— y consiguió fichar por el primer equipo. Una vez estrenado en lo más alto, sufrió una lesión que le obligó a parar y calmar su carácter, sus ganas, su intensidad. En un documental que se publicó sobre su recuperación (Gavi: El Regreso), me conmovió cómo hablaba del «club de su vida», en el que quiere «pasar toda su carrera».

Imagen del partido en que se reincorporó el futbolista, el domingo pasado. Fuente: web del FC Barcelona
Para una persona como él, jugar en el club en el que ha crecido es un orgullo enorme, profesional y personal. No se quiere imaginar una vida fuera de la que es su casa y, si por alguna razón tuviese que dejarla, siempre tendría la sensación de cierta orfandad. Además, siente una cierta deuda porque en sus filas fue muy feliz de pequeño, vive con pasión cada entrenamiento, cada partido, cada competición y anima a los seguidores a defender su camiseta en cada convocatoria. Es como se manifiesta en cada entrevista, donde casi siempre aparece una idea: la de «devolverle» al equipo catalán «todo lo que le ha dado».
Todas esas reflexiones revelan algo muy humano: el DLE la define como la «marca o huella que, en el orden moral, deja una cosa en otra», que es la que tiene Gavi grabada por su club. Observé una identificación con lo que siempre me ha sucedido con mi instituto, el IES Camp de Morvedre, el lugar del que siempre me ha enorgullecido formar parte. Me alegra, como al futbolista, cada buena noticia que le suceda al centro y me preocupa si se le presenta algún problema. También sentí, como en una noche mágica de Champions, una sensación de felicidad la primera vez que me vi dando clase en un aula del sitio que tantas alegrías me había dado. Al estar fuera temporalmente, me despertó esta idea el comentario de un compañero la otra mañana. «Ay, tu Morvedre», dijo simplemente, como si hubiese advertido después de tantas conversaciones juntos la existencia de una impronta. Força Barça.
Redactor jefe de Andén.