Lee el adelanto completo de la entrada que se publica mañana en el blog de nuestro columnista
Las relaciones humanas son un entramado complejo que se alimenta de susceptibilidades, deseos, amor y odios, de todo aquello que sentimos y que, de una manera u otra, acaba contaminando también la forma en que miramos a los otros. Los sentimientos son inherentes a cualquier relación, pero sus dificultades se magnifican por la presión de lo aprendido, por las convenciones sociales y por esa presencia casi intolerable de los mass media, que parecen decirnos a cada instante cómo debemos amar, cuánto, de qué manera y con qué intensidad. Un WhatsApp no respondido, una llamada que no llega, la falta de tiempo para quedar, cualquier gesto termina convirtiéndose en una montaña que nos aleja de la verdadera esencia de la relación, que quizá no sea otra que permitir que los otros sean ellos mismos y nos den aquello que quieran darnos, sin convertir el afecto en una exigencia ni la cercanía en una forma de propiedad. Pero eso es difícil, porque tenemos una tendencia casi natural a creer que todo debe pertenecernos, también las personas, también su tiempo, también sus emociones, y esa pretensión nos proyecta hacia un territorio inevitable de infelicidad.
Las relaciones humanas son un entramado complejo que se alimenta de susceptibilidades, deseos, amor y odios, de todo aquello que sentimos y que, de una manera u otra, acaba contaminando también la forma en que miramos a los otros
Solo cierta paz interior permite ser feliz, ese ser en nosotros mismos, convencidos de nuestra autenticidad y de nuestra configuración como seres únicos, porque únicamente cuando estamos bien en nosotros podemos estar bien con los otros, no necesariamente en los otros, ya que el nosotros, si lo pensamos, ni siquiera es un pronombre del todo real dentro de las relaciones, sino una manera de expresar nuestras necesidades y nuestros deseos compartidos. Siempre somos yo y los otros, y esa suma diversa, desigual, asimétrica, hace que todo resulte más verdadero y, quizá por ello, también menos necesario. He leído mucho sobre el desapego, sobre esa posibilidad de ser respecto de uno mismo y disfrutar de aquello que los demás quieran ofrecernos sin convertirlo en deuda ni expectativa, y precisamente esa dificultad de avanzar a contracorriente me interesa cada vez más, porque creo que cuando uno empieza a explorarla descubre una dimensión distinta del mundo y, sobre todo, una manera más libre de habitarlo.
[Léela completa mañana: aquí].
Primer columnista de Andén. Escritor, crítico literario, profesor de Lengua y Literatura españolas, de Sociología y Ciencias políticas. Enamorado de la lectura.