¡Muera la inteligencia!

A finales de enero, visité la exposición sobre Maruja Mallo en el Museo Reina Sofía y pude corroborar una vez más cómo nuestro país no ha sabido honrar —o lo ha hecho tarde e insuficientemente— a las mentes más brillantes. El talento de esta pintora es indiscutible, casi tanto como lo fue el desprecio que desde el régimen se tuvo hacia figuras de tal calado. Precisamente, leía un artículo que Ernesto Giménez Caballero dedicaba a su persona, en el que dejaba patente su incomprensión hacia las nuevas vanguardias. Pues bien, Giménez Caballero afirmaba que “nuestra época española de hoy es de los hombres. Tiene acento civil. Tiene expresión de guerra. De macho”, afirmando que “la mejor estrofa fue oír los ritmos dionisíacos del cañón”, porque “el mejor cuadro fue el de contemplar esta sangre evaporándose hacia un cielo de amanecer”. El tono es caduco, las metáforas belicistas —reconozcámoslo— también, pero el contenido de sus palabras tienen un halo que nos resuena.

Nada nuevo. Los fascismos han encontrado tradicionalmente en la cultura, en el espíritu crítico, cierta amenaza. Podríamos citar innumerables ejemplos que agotarían las páginas de este número (y también al propio lector). Desde el “¡muera la inteligencia!” atribuido a Millán Astray, a la represión sobre intelectuales y maestros durante la guerra y el franquismo, hasta llegar a nuestros días. Constantemente, nos topamos con titulares que harían temblar al más insensible: se reducen las partidas presupuestarias a proyectos culturales para destinarlas a ferias y eventos taurinos, dentro y fuera de nuestras fronteras se retiran libros de bibliotecas escolares por considerarse demasiado woke… Aunque todo esto tenga un tufillo distópico, no se trata de un remake de Farenheit 451, sino del signo de los nuevos tiempos que se avecinan.

En la época de los negacionismos, la lucidez natural tiene la obligación de persistir. Porque cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor, porque es un deber histórico reconocer a quienes nos precedieron, porque tenemos un patrimonio cultural ingente que debemos preservar. Y, aunque desde las aulas de humanidades, nos topemos con demasiada frecuencia con una indiferencia hacia la cultura, sigue habiendo a quien le brillan los ojos cuando se lee un poema. Por ello, y ahora más que nunca, la educación pública es un arma cargada de futuro que debe frenar los ritmos dionisíacos del cañón —que alguien encendió alguna vez— pero que pronto se extinguirán para siempre.

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