Los tipos duros también leen | «La bailarina», de Patrick Modiano

Lee el adelanto completo de la entrada que se publica mañana en el blog de nuestro columnista

A pesar de que en este blog suelo comenzar las entradas con una reflexión más o menos general sobre la vida —esa costumbre tan mía de dar un pequeño rodeo antes de llegar al libro—, no es menos cierto que, en ocasiones, conviene entrar directamente en materia literaria, aunque sea con la elegancia de quien finge que no lo hace. Hace tiempo descubrí que este modo de empezar resultaba más amable, quizá más eficaz, porque había más gente dispuesta a seguir leyendo si antes de hablar de un libro abríamos una puerta, encendíamos una luz o dejábamos caer una idea que pudiera rozarle la vida. Digamos que es una manera sutil, o no tanto, de atraer a quienes podrían convertirse —hermosa ilusión vital— en potenciales lectores. Por eso hoy os hablo de la novela breve, ese género que parece menor solo para quienes confunden la extensión con la profundidad.

La brevedad no garantiza la precisión, desde luego; también una novela corta puede divagar, perderse o entretenerse en adornos innecesarios. Pero, por pura exigencia de espacio, se le permiten menos florituras

La novela breve viene de lejos: de la novella italiana, de Boccaccio y sus relatos afilados, de esa tradición renacentista que entiende que una historia no necesita ocupar medio bosque para dejar huella; y ahí, claro, aparece Cervantes, maestro en concretar la acción, elegir lo mollar, apartar lo accesorio y recordar que el lector no siempre tiene que atravesar centenares de páginas para sentir que ha vivido algo verdadero. La brevedad no garantiza la precisión, desde luego; también una novela corta puede divagar, perderse o entretenerse en adornos innecesarios. Pero, por pura exigencia de espacio, se le permiten menos florituras: ha de decir lo que quiere decir con una exactitud casi moral. Por eso me gustan tanto el relato y la novela breve, porque me permiten disfrutar de la literatura sin convertir la lectura en un acto de resistencia, sin exigir ese esfuerzo de la voluntad que a veces uno reserva, con razón, para asuntos mucho menos felices.

[Léela completa mañana: aquí].

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