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En pleno verano, cuando el calor nos golpea sin piedad y la realidad se empeña en derretirnos, lo único que uno desea es descansar de alguna manera, aunque cada cual entienda el descanso como pueda. Algunos optan por vivir en el búnker del aire acondicionado y convierten sus vacaciones, si las tienen, en una forma de encierro amable, casi uterino: salen apenas a comprar, consumen televisión con la persiana bajada y, en el mejor de los casos, leen algo. Otros, más temerarios o confiados en la resistencia humana, se lanzan a piscinas y playas, donde la estancia de todo un día se convierte en una aventura climática, social y casi espiritual: buscar una sombra, defenderla como territorio conquistado, decidir si uno se entrega al sol con bronceadores, gorras y resignación, o si prefiere colocarse bajo una sombrilla y abrir un libro.
Es verdad que hoy mucha gente escoge el móvil, siempre algo breve: el vídeo viral de TikTok, el gesto absurdo, el postureo imposible, empeñados en demostrar en Instagram una felicidad aerodinámica
Es verdad que hoy mucha gente escoge el móvil, siempre algo breve, siempre algo que no exija demasiada permanencia: el vídeo viral de TikTok, el gesto absurdo, el postureo imposible de quienes, pasando el mismo calor que nosotros, parecen empeñados en demostrar en Instagram una felicidad aerodinámica, brillante y sospechosa. Pero algunos, trabajemos todavía o disfrutemos apenas de un breve solaz, seguimos prefiriendo la lectura: desconectar de lo digital para que el cambio mental lo provoque un libro, para que sean las palabras, leídas con calma, con pausa, con esa antigua capacidad de diferir el placer, las que nos configuren por dentro. Lo digital también nos cambia el cerebro, claro, pero me temo que lo hace de una manera que no acaba de gustarme nada.
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Primer columnista de Andén. Escritor, crítico literario, profesor de Lengua y Literatura españolas, de Sociología y Ciencias políticas. Enamorado de la lectura.