Con dedos torpes Óscar intenta abrir la tapa de su café, sin azúcar, para llevar. A las 8:00 am el mínimo gesto alcanza la categoría de hazaña si vives en la calle, sobre todo con el frío que ha estado haciendo. Original de Granada, estuvo varias temporadas trabajando como camarero en un restaurante del paseo marítimo en Gandía, hasta que no le volvieron a llamar. Ahora espera a que por fin le tramiten el ingreso mínimo vital y, mientras tanto, ahorra todas las monedas que puede para, de vez en cuando, pagarse una cama en la habitación compartida de algún hostel.
Pienso a menudo en Óscar, en su triste mirada azul, su diabetes tipo II o su anhelante necesidad de creer que, si vive en la calle, es porque “todas las ayudas son para los extranjeros”. Porque eso sería lo más fácil. Pienso en la precaria intimidad de Óscar, consistente –en el mejor de los casos– en una cortinilla de fieltro gris que separa su cama de un grupo de jóvenes holandeses que no saben lo que es el hambre.
Óscar se equivoca a medias: no son los extranjeros pobres quienes le han despojado de futuro; son los extranjeros ricos. E incluso los ricos a secas, si me apuras. Que le pregunten si no a Ana Rosa Quintana, o a los afortunadísimos adjudicados de las últimas VPO en Alicante.
Como Óscar, otras mil ciento cuarenta y dos personas se encuentran, en nuestra ciudad, en situación de sinhogarismo1. Mientras los patriotas se golpean el pecho e ignoran deliberadamente el artículo 47 de la Constitución, nuestros vecinos y vecinas permanecen, sin más, invisibles a los ojos de quienes caminan. Después de la crisis de 2008, que culminó con un total de 68 mil desahucios únicamente en 2014, las personas necesitaban hogares que habitar, pero quienes diseñan la ciudad tenían otros planes. Y no es de extrañar, si atendemos a las características particulares del modelo de urbanismo en nuestra provincia.
Desde hace años, con un PGOU2 obsoleto y gobiernos rediseñando el skyline urbano a golpe de talonario, Valencia se ordena en base a los intereses económicos de constructoras e inmobiliarias. Los Planes de Actuación Integrada configuran el modelo de ciudad y, como agentes urbanizadores que son, convierten nuestro territorio en un Monopoly. Si tenemos en cuenta que nuestra provincia es la única de todo el estado donde quien ejecuta la urbanización del suelo es un agente privado, no es difícil llegar a la conclusión de que sus intereses son económicos y no sociales. Y claro, cuantos más espacios comunitarios se diseñen en esos proyectos, menos casas; y cuantas menos casas, menos beneficios para la empresa. Tampoco hay que ser un lince.
Cuantos más espacios comunitarios se diseñen en esos proyectos, menos casas; y cuantas menos casas, menos beneficios para la empresa
Actualmente, Valencia tiene en ejecución 13 PAIs: el PAI del Grao, ejecutado por el fondo de inversión Atitlan y el fondo británico Hayfin Capital; el PAI de Russafa, a cargo de una filial del grupo Gefesa Colón 30 Inmuebles S.L.; el PAI de Benimaclet, a las espaldas de Metrovacesa; el de Campanar, impulsado por la promotora IGSA… En sus manos queda el diseño de una ciudad que, bajo su dirección, se plantea más como un decorado de ensueño para inversores que como la solución al problema de acceso a la vivienda que sufrimos la clase trabajadora de este país.

Si consideramos el espacio como ese lugar practicado que propone M. Certeau (2000)[1], ese ir y venir de elementos en movimiento, donde la potencialidad del encuentro es altísima (excepto, por supuesto, en la ciudad de Madrid), podríamos llegar a la conclusión de que las grandes ciudades son, con sus enormes avenidas comerciales, sus gigantes estaciones de tren y sus imbricadas líneas de metro, el epítome del espacio y, por tanto, del encuentro. Sin embargo, Óscar permanece oculto a simple vista, entre las masas humanas que cada día circulan a través de su trozo de calle-hogar. La nueva ciudad le ha convertido en una de las tantas no personas que habitan los no lugares (Marc Augé, 2000)[2]. La ciudad del futuro dinamita los espacios comunitarios. Como explica Pedro Bravo en su libro, Antes todo esto era ciudad, las ciudades sirven para conocernos, compartirnos y construir una vida digna, tanto individual como colectiva. Sin embargo, las ciudades están dejando de ser pensadas como espacios de encuentro para pasar a convertirse en espacios de consumo. En ellos, consumidores y consumidos se cruzan veloces, antes de que puedan preguntarse quién está devorando a quién. Nadie permanece en eso que Augé ha denominado “los no lugares”.
La ciudad del futuro dinamita los espacios comunitarios
La dinámica de estos espacios se rinde ante la erótica de la velocidad: son lugares de paso cuya función es ser atravesados, como en el caso de aeropuertos o estaciones; espacios de ejecución en el caso de las avenidas o centros comerciales: entro, consumo lo mío y me voy. En ese frenesí inherente a los no lugares, el tiempo necesario para el reconocimiento del otro es imposible. El cuerpo que permanece voluntariamente en ellos es, de hecho, un cuerpo que incomoda, que se mira desde el recelo de la sospecha. Un cuerpo acusado de querer ser demasiado Ser. El anonimato debe estar garantizado porque en esa ausencia de identidad ajena se diluye lentamente también la identidad colectiva: es imposible la existencia del Nosotros si no existe el Yo.
En los últimos meses algunos medios de comunicación locales han resucitado esta idea de “acabar la ciudad”. No puedo evitar pensar que se trata de un eufemismo, porque claro, decir “acabar con la ciudadanía” quedaría peor. Pero sus intenciones me parecen evidentes: sin hogares seguros donde construir el Yo; sin espacios comunes donde dialogar un Nosotros, ¿quién se opondrá a que transformen nuestros barrios en un parque de atracciones con cuyo ticket de entrada no podamos ni soñar? En la política del sálvese quien pueda siempre se salvan los mismos, y no somos ni tú ni yo.
En los últimos meses algunos medios de comunicación locales han resucitado esta idea de “acabar la ciudad”
Pero si damos la partida por perdida, ¿qué nos queda? ¿Dónde nos encontraremos para reconocernos como seres humanos entre nosotros? ¿En manos de quién estará entonces crear la cultura de este tiempo concreto?
Quizás ha llegado el momento de exigir a nuestros ayuntamientos que cumplan sus obligaciones; de apoyar a las organizaciones vecinales que luchan por una ciudad digna. O, como mínimo, el momento de sentarse en un banco de la calle. Y no hacer nada. Porque sí. Y ya está.
Decía Virginia Woolf que toda persona necesita una habitación propia para poder emanciparse. Me gustaría darme el lujo de añadir, además, que todo ser humano necesita un hogar para existir con alegría; y que las sociedades tenemos el derecho de habitar ciudades amables donde sepamos cómo se llaman nuestras vecinas.
Se equivoca la prensa: una ciudad acabada es una ciudad muerta.
[1] De Certeau, M. (2000). La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer. México: Universidad Iberoamericana / Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente.
[2] Augé, M. (2000). Los no lugares. Espacios del anonimato: Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa.