El mundo parece una orquesta muy desafinada. Reconozcámoslo, no estamos sonando nada bien. Como no somos el director, poco poder tenemos sobre el conjunto; pero al menos cada uno de nosotros es dueño de su propio instrumento. Así que da igual que seas violín o violonchelo, piano o guitarra: afínate.
El Lama Rinchen Gyaltsen señala que hay al menos cuatro ámbitos en los que podemos coger el diapasón e intentar ajustar un poco las cuerdas. El primero es la conducta. Muchas de las cosas que hacemos no están encaminadas a llevar una vida más sana y ética. Cada pequeño cambio que introduzcamos en nuestros hábitos en ese sentido puede modular nuestra frecuencia al menos unos hercios en la dirección correcta.
Una vez ordenadas nuestras acciones, un segundo aspecto en el que podemos trabajar es en el control de nuestra mente. Basta con cerrar los ojos e intentar atender durante diez minutos a la respiración para comprobar cómo los pensamientos se apoderan de ella involuntariamente. En un mundo en el que nuestra atención está constantemente secuestrada por las pantallas, entrenar este aspecto con meditación puede ser liberador.
La tercera dimensión que cabe tener en cuenta es un antídoto contra el individualismo y el egocentrismo rampantes. Se trata de cultivar el amor y la compasión. Aquí el budismo y el cristianismo, entre otras tradiciones, se dan de la mano: suena mucho mejor un yo no centrado en sí mismo.
¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? En el fondo, no lo sabemos
Finalmente, la sabiduría. ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? En el fondo, no lo sabemos. Ni siquiera tenemos muy claro por dónde empezar para encontrar respuesta a esas preguntas últimas. Quizás el Lama Rinchen Gyaltsen nos recomendaría comenzar reflexionando sobre la impermanencia de todo. La orquesta dejará de tocar, pero mejor que se parezca a la Filarmónica de Berlín.